Habitar el misterio
Habitar el misterio. / Shutterstock
Mi nieto me preguntó en el parque por qué él era él y no otro cualquiera de los demás niños que se deslizaban por el tobogán. La cuestión apareció sin aviso, como se manifiestan los verdaderos interrogantes de la vida, y mientras yo creía estar vigilando que no se hiciera daño al caer. Me recordó al crío que fui. También yo me interrogaba en silencio, con una mezcla de angustia y estupor, ¿por qué no soy otro?, ¿por qué estoy encerrado en este cuerpo y no en aquel?, ¿qué casualidad defectuosa me trajo hasta aquí? Ni supe responderme entonces ni supe responder a mi nieto el otro día. Quizá porque el asunto no admite una respuesta directa, sino rodeos, aproximaciones, metáforas que funcionan como barandillas al borde de un pozo.
Podría decirse que somos quienes somos porque nacimos en un punto exacto del tiempo, fruto de una combinación irrepetible de cuerpos, circunstancias y azares. Habría bastado una variación mínima para que no estuviéramos aquí. Pero esta explicación, aunque correcta, resulta insuficiente. Sería como explicar el amor por medio de las transformaciones químicas que se producen en el cerebro y que aclaran el mecanismo, pero no el temblor. También podríamos pensar que el yo no se trae puesto de fábrica, sino que se va haciendo con el tiempo.
Tal vez la pregunta esté mal formulada. Tal vez preguntar "¿por qué soy yo y no otro?" sea como preguntar por qué esta página de un libro es esta y no la siguiente. Durante un instante existe, se deja leer, parece imprescindible. Luego se pasa, pero no desaparece: queda integrada en el libro. Mientras le daba vueltas a la cuestión, mi nieto volvió a subir la escalera del tobogán. Lo observé deslizarse, concentrado, feliz, absolutamente él, no otro. Comprendí entonces que la pregunta no exige una respuesta, sino una atención. No se trata de resolver el misterio, sino de habitarlo.
Posiblemente, lo único que podamos decir es que no tenemos ni idea de por qué somos quienes somos. Pero mientras vivimos, mientras sentimos el frío del metal o la velocidad de la bajada, este yo que nos ha tocado es el único lugar desde el que el mundo puede ser vivido. Y eso, aunque no lo explique, es suficiente para seguir arrojándose por el tobogán. O desde el sexto piso.
