El patio de Benigno
Piscinas naturales de El Caletón, en Garachico. / ED
Mi madre me crio en un patio en el que ella se remiraba. Allí me llevaba desde chico, porque al contrario que los niños del barrio yo no podía salir a la calle, que ya se llamaba La Calle Nueva, como esta sección que publico aquí desde hace algún tiempo. Aquella calle, la Calle Nueva, estaba habitada por gente como mis padres; todos éramos pobres, pero pocos sabían qué era exactamente ser pobre, hasta que veíamos en el pueblo, el Puerto de la Cruz, a los que eran ricos o pudientes.
Al no saber qué era ser pobre, porque todos lo éramos, no nos teníamos ni envidia ni inquina. Éramos todos iguales. Al cabo del tiempo superé el asma bronquial que taponó mi vida de niño hasta la adolescencia y entonces mi padre, que era un viajero en busca de trabajos diversos, me llevaba a donde termina el norte de Tenerife, donde él estaba poniendo en marcha unas fincas ajenas.
Le pagaban poco, a él y a los que trabajaban para él, pero él estaba acostumbrado, y de hecho estuvo acostumbrado siempre, hasta su muerte. Jamás dejó de trabajar, exactamente hasta el final. En la primera fotografía que le hicieron, con los suecos que vivían al lado de casa, y con los cuatro hijos y con mi madre, él aparece con una libreta y un papel, algo que yo mantuve luego como periodista, siempre con una libreta y con un papel.
Cuando ya fui adolescente, pues, mi padre me llevó por esos andurriales por los que circulaba su vida, y yo tuve la ocasión de ver, desde muy temprano, qué eran aquellos hermosos lugares, silenciosos, abiertos, hechos de agua salada y de misterio entre los cuales estaban sitios que pronto fueron (y lo fueron más cuando yo empecé a ser cronista) parte de mis pasiones y de mi vida. Los Realejos, Icod de los Vinos, Garachico, Tamaimo…
Más allá de Tamaimo preparaba mi padre una finca a la que me llevó para que yo me enterara de lo que eran aquellos lugares. La primera vez que me hizo reposar........
