Andrea, el barranco, mi madre y los chicos del barrio
Barranco de Bujamé, en Teno.
Los chicos del barrio, que jugábamos a cualquier cosa en aquellos años en que nada era nuestro ni de nuestros padres, nos educamos hablando, escuchando a los padres, a los hermanos mayores, haciendo ruindades, matando bichos, robando en las plataneras, riendo de todo porque no sabíamos que todo era nada.
Por las noches callábamos mientras los padres cuchicheaban entre ellos buscando de la nada algo que comer. Yo los escuchaba porque era asmático y me tenían al lado, como el niño que iba a ser siempre un niño. Juanillo el de Juana. Ella me cuidaba como si yo fuera de cristal, y un día me fui y ella no dijo que no me fuera: ella sabía que el mundo era ancho y que el chico no era tan bobo.
Los domingos había en la casa una comida que parecía un festín, y no era nada sino unas papas con carne que, en nuestro caso, mi madre guardaba para dejarnos sentir que también nosotros podíamos comer como los ricos.
Papas con carne, que a veces tenían papas, las que mi madre recogía de la huerta, pero no tenían carne. Siempre había pan, yo lo iba a buscar a la venta de Domingo. Y a veces había viandas que mi padre traía de la calle, o que venían de otras latitudes que él metía como al estraperlo en la parte de atrás de la furgoneta.
Éramos pobres, pero entonces no sabíamos que éramos pobres. Todos lo éramos en el barrio, no teníamos buenas ropas, pero nosotros no sabíamos de veras qué era la ropa. Tuve la costumbre, por eso, de vestirme de cualquier manera, por lo cual mi hermana Carmela decía que yo era un desastrado. Lo era.
Yo tampoco sabía que era tal desastre y no lo supe hasta que salí a las calles para ver que otros eran distintos. Un día el alcalde del Puerto me llamó pordiosero, porque le daba........
