En defensa de los libros de piscina
Una mujer lee un libro en la piscina. / Shutterstock
Durante años, entre el 1 de julio y el 31 de agosto, tomábamos posesión de un pequeño apartamento de alquiler en la playa (siempre el mismo) en uno de esos destinos mediterráneos de aluvión que conocíamos por las películas de José Luis López Vázquez, una decisión disruptiva —tras toda una vida de veraneo en la sierra— tomada unilateralmente por la cabeza de familia con la aquiescencia del páter, que se quedaba de rodríguez en la capital y al que llamábamos a diario desde una cabina telefónica en la que hacíamos cola y entablábamos conversación con otras familias en la misma situación.
Éramos veraneantes, hoy una especie extinguida por causa del coste de la vida, los precios disparatados del alquiler y la tendencia a las estancias cortas del ‘todo incluido’. En la piscina de un hotel, con aire escéptico (El nadador, Radio Futura, 1984).
El dueño del apartamento, un militar retirado, tenía el detalle de incluir junto a las dotaciones del mobiliario una estantería llena de libros (desechos de su propia........
