No a la guerra (bis)
Madrid. 25.03.2026. Pedro Sánchez comparece en el Congreso de los Diputados para informar sobre la posición del Gobierno de España ante la guerra en Oriente Próximo / José Luis Roca / EPC
Ahora es la guerra. Con el No a la guerra el PSOE parece que recupera dos o tres puntos en las encuestas electorales. A ver si dura una mes y medio más el conflicto militar en Oriente Medio y María Jesús Montero puede conseguir un resultado no completamente calamitoso en Andalucía. Yo –por supuesto– estoy en contra de la guerra. Todo el mundo está en contra de la guerra. Los que han comenzado el último conflicto grave (Estados Unidos e Israel) también están contra la guerra, solo que consideran que los iraníes, de alguna manera, estaban a punto de atacarles, y eso sí que no. Siempre ocurre igual. La guerra no es algo excepcional, ni tampoco una opción, tal y como nos explicó con atroz lucidez el mejor polemólogo español, Rafael Sánchez Ferlosio.
Tal y como se articulan las relaciones internacionales y determina una industria armamentística cada vez más sofisticada y políticamente empoderada, las guerras son inevitables. Particularmente desde 1945, cuando la industria militar –y sus anexos tecnológicos– se transformó en una actividad incesante y, hasta cierto punto, autónoma de las amenazas militares: se entró en un periodo de guerra permanente. La guerra es hoy la necesidad imperiosa de grandes contratos, beneficios astronómicos, desarrollo de I +D+i, empleos bien remunerados en un mercado global. En España la llamada industria de defensa es, como en la mayor parte de los países desarrollados, un sector estratégico. Se venden armas, sistemas y pertrechos por valor de más de 12.000 millones de euros, el sector genera más de 100.000 empleos directos e indirectos, un 40 por ciento de alta cualificación. Este país es el noveno exportador mundial de armas y cerca del 45% de las mismas tienen sus clientes en Oriente Medio, destacando, sobre todo, Arabia Saudí.
Pedro Sánchez clama contra el horror de la guerra, pero su país vende armas por valor de muchos cientos de millones de euros a varios estados del Golfo Pérsico: fragatas, aviones de combate, proyectiles antiaéreos. Por otra parte la compraventa de armas entre España e Israel ha disminuido desde 2024, pero no ha cesado del todo en ningún momento. Yo intuyo que es una contradicción que el presidente cabalga con comodidad. Estoy seguro que Sánchez nos pondría la mano sobre el hombro –el izquierdo– y nos lo explicaría recorriendo los jardines de La Moncloa, donde siempre he soñado que un presidente, cualquier presidente, me confirmara que solo existe el poder, de manera que el alma democrática de uno pudiera descansar en paz.
– Siento decepcionarte, pequeño meatintas, pero la guerra y el comercio de armas son tan ineludibles como la muerte. Bienvenido al desierto moral de lo real.
– No, pero cada vez duermo a más gente. Además, ¿y todos los migrantes negros a los que voy a regularizar?
– ¿Y el No a la guerra?
– Es una metáfora, muchacho. Una manera de tranquilizarnos. Y un impulso demoscópico. La política es relatos y metáforas, ya eres demasiado viejo para simular que no lo sabes. Ni yo, ni Macron, ni el larguirucho de Merz, ni mi querida Giorgia, podemos hacer nada. No podemos impedir la guerra. No podemos dejar de producir y vender y comprar armas. Como mucho se trata de que las guerras se desarrollen lejos y no nos caiga un misil encima. Una inflación, sí, pero no un misil. Es un No a la guerra de aquí y para aquí. ¿Sabes lo que realmente nos pone nerviosos a todos, lo que nos acojona en las madrugadas de nuestras soledades? Un gran atentado ahora mismo en Berlín, en París, en Madrid o en Roma. Mientras no ocurra eso no te preocupes, puedes continuar con tu vida de infusorio. ¿Ves ese bonsái? Lo plantó Felipe aquí en el 86. Mira el cartel, tiene un nombre precioso: Buda, de Entrada No.
Desperté en el kiosco La Paz. Era medianoche y un relámpago iluminó la llovizna y regresé lentamente a casa empapado de agua, de inflación, de la melancolía del fin del mundo.
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