menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Fin de ciclo

23 0
18.03.2026

La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, en el Pleno del Senado de este martes. / Alejandro Martínez Vélez - Eur / Europa Press

Es verosímil que el viaje de la ministra de Trabajo a Los Ángeles, para presenciar la Gala de los Oscar el pasado lunes, buscara cerrar una metáfora. Involuntariamente, desde luego. Yolanda Díaz se marchó a los Oscar porque sabe que puede hacerlo impunemente. Todo, absolutamente todo en ese viaje, es bochornoso e incluso repulsivo, y sin embargo nadie, ni en el Gobierno ni en los partidos que no lo dejan caer, ha musitado un reproche. Díaz no se marchó a Los Ángeles representando al Gobierno: no existe ninguna declaración oficial que avale tal encomienda. Los Gobiernos no están representados –ni se les reconoce por la organización– en la ceremonia de entrega de los premios de la Academia. No existe tal representatividad, tampoco, porque ningún artista o empresa española asistía para recibir un premio: solo se sabría que Sirat había ganado el galardón en el transcurso mismo de la velada. En todo caso, ¿por qué la ministra de Trabajo y no el ministro de Cultura? ¿Y cuánto costó el viaje al erario público? Un gaznápiro aseguró en X –y fue reproducido ampliamente– que a Díaz la había invitado una productora, pero sin aclarar si, además del billete de avión, se le habían abonado la estancia, la alimentación y los traslados. Por otro lado, ¿qué hace una ministra dejándose invitar por una empresa privada, en concreto por una productora cinematográfica que muy probablemente recibe subvenciones o ayudas? ¿Por qué no han sido aclarados estos extremos con todo detalle? Díaz voló a Los Ángeles para hacerse una foto que era muy improbable que pudiera hacerse. Y volvió como se fue: en primera.

El domingo, mientras la ministra surcaba los cielos hacia el glamour capitalista por excelencia, Sumar y Podemos se llevaban una hostia monumental en las elecciones autonómicas de Castilla y León. Ni un solo procurador. Yolanda Díaz, por decisión propia, estaba a muchos miles de kilómetros. De acuerdo, hace varias semanas había anunciado que no concurriría a las próximas elecciones generales. Pero mientras tanto, y gracias a Sumar, sigue siendo vicepresidenta y ministra, y continúa encarnando el referente más conocido de la coalición izquierdista. Se la pela. Díaz siempre ha despreciado –y hundido– las organizaciones políticas que ha utilizado como trampolines de su ambición. Díaz es una política mediocre, una pésima abogada laboralista y una trepa profesionalizada. Como oradora es pésima y la convierte en risible su afán de hablar como un osito de nenuco. Eso es lo que ofreció Sumar como mascarón de proa y referente primordial. ¿Cómo pensaban que a estar alturas las encuestas le anticiparían otra cosa que una docena de escaños como mucho?

Se agota en España un ciclo histórico para la izquierda: el que se abrió en mayo de 2011. Y se agota porque esa izquierda no ha sabido ni podido construir un marco de gestión pública –un programa económico y social aplicable– para mejorar la vida cotidiana de las depauperadas clases medias y las machacadas clases trabajadoras. Se vive peor que hace veinte años. Los éxitos de la izquierda psocialista han sido cambios legislativos a veces matizables (Rodríguez Zapatero: matrimonio homosexual, dependencia, violencia de género) y políticas asistenciales (Pedro Sánchez: el llamado escudo social). En la práctica el sanchismo es, desnudo de retóricas buenistas, izquierda brahamánica, como decía Piketty, aunque conserve bastante del voto de clase media baja. Una praxis despreocupada de demandas redistributivas, es decir, bastante ajena a políticas públicas socialdemócratas. Son unas izquierdas que siguen sosteniendo supersticiosamente que son la mejor opción para la mayoría porque son las izquierdas y punto. El desconcierto se derrama unánime y evidente: no saben lo que hacer bajo un modelo capitalista radicalmente distinto al de hace medio siglo ni cómo combatir culturalmente a las derechas y ultraderechas autoritarias y populistas y su mantra central: la solidaridad empieza por uno mismo como nación y como individuo. A Yoli esto no le preocupa porque ya lo sabe. Le espera una poltrona muy guay en el Consejo de Estado.

Suscríbete para seguir leyendo


© El Dia