No cuadra, presidente
Bolivia ha aprendido -no por virtud, sino por repetición- a desconfiar de los discursos que prometen demasiado y explican poco. Escucha, pero ya no concede el beneficio de la duda con facilidad. Compara. Contrasta. Y, sobre todo, mide la coherencia entre lo que se dice y lo que realmente se puede hacer.
El diagnóstico presentado por el presidente en ocasión del Día del Trabajo es, en buena parte, innegable. Hay corrupción, hay instituciones debilitadas, hay empresas públicas que dejaron de ser orgullo para convertirse en carga. Se reconoce, incluso, que el Estado está quebrado en todos sus niveles. No es un exceso retórico. Es una descripción.
Pero el problema no está en lo que se reconoce, sino en lo que se deja sin explicar.
No hubo referencia a problemas que hoy marcan la vida cotidiana del país: el abastecimiento de combustible, la escasez de divisas, la presión sobre los precios, la expansión del narcotráfico, el avance del sicariato. No son asuntos marginales. Son la realidad inmediata. Y su omisión define qué se reconoce y qué se decide evadir.
Se habla de un “cambio irreversible”. Se presenta el momento actual como una nueva etapa, casi como la superación del modelo anterior. Pero ese quiebre no se define. Se enuncia, no se explica. Y si de lo que se trata es de cambiar el modelo que nos arrastró al abismo, entonces resulta imprescindible saber qué lo reemplaza. Porque cuando un sistema no se desmonta en sus fundamentos, no desaparece, persiste. A veces por decisión. Otras, simplemente por inercia.
Ahí aparece la primera fisura. Se anuncia una voluntad de ruptura, pero no se define el nuevo modelo.
Una ausencia........
