menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La geografía de la excepción

18 0
10.06.2026

Hay distancias que se miden en kilómetros.

Y algunas, las más difíciles de recorrer, se miden en desconfianza.

La Paz y El Alto están separadas por apenas unos minutos de viaje. Un teleférico las conecta. Una autopista las une. Miles de personas cruzan diariamente de una ciudad a otra para trabajar, estudiar o simplemente vivir. Sin embargo, los acontecimientos políticos de las últimas semanas nos recuerdan que existen distancias que ninguna obra de infraestructura puede resolver por sí sola.

Cuando observamos las movilizaciones, los bloqueos, el desabastecimiento, las filas interminables para conseguir combustible y el creciente clima de confrontación política, solemos concentrarnos en los hechos inmediatos. ¿Quién convocó la protesta? ¿Quién ganó la disputa? ¿Qué cálculo electoral existe detrás de cada movimiento? ¿Quién será el principal beneficiario o perjudicado de la crisis?

Son preguntas necesarias, pero insuficientes. Porque bajo la superficie de la coyuntura ocurre algo más profundo.

Lo que estamos viendo no es únicamente una disputa política. Estamos asistiendo a la expresión visible de una fractura emocional que Bolivia arrastra desde hace décadas.

Toda sociedad tiene heridas.

La diferencia está en si decide curarlas o administrarlas.

Y Bolivia, muchas veces, ha optado por la segunda alternativa.

Nos hemos acostumbrado a convivir con nuestras fracturas. Las hemos incorporado a la normalidad nacional. Como quien aprende a vivir con una grieta en la pared y deja de verla.

Pero las grietas nunca desaparecen. Esperan. Y cuando las circunstancias son propicias vuelven a hacerse visibles.

Algo de eso ocurre hoy entre La Paz y El Alto.

Durante años se construyó la imagen de dos ciudades inseparables. Y en muchos aspectos lo son. Comparten territorio, economía, historia y destino. Sin embargo, también representan experiencias distintas de la vida boliviana.

La Paz encarna buena parte de la institucionalidad estatal. El Alto simboliza una de las expresiones más vigorosas de organización popular del continente.

La Paz concentra ministerios, tribunales y oficinas públicas. El Alto conserva una memoria colectiva marcada por las luchas sociales, la migración, la resistencia y la búsqueda permanente de reconocimiento.

Ninguna de estas identidades es superior a la otra.

El problema aparece cuando las diferencias dejan de ser........

© El Deber