Los puntos en orden
Un primer asunto con los puntos fue citar que cinco puntos de tasa de inversión rinden un par de puntos de crecimiento. El segundo asunto fue sugerir que para que el gobierno y las agencias cursen los permisos y timbres que se requieren para movilizar esos puntos, habría que tener seguros porque si no las causas se judicializan hoy día con tanto abogado, ONG y partidos políticos interesados en complicar las cosas. Este tercer asunto con los puntos, del cual trata esta columna, es una reflexión sobre el carácter siempre complejo de coser y amarrar tanto punto.
Porque es preciso recordar que las cosas necesitan una organización económica. No es una preferencia ideológica: es una condición de funcionamiento, como el agua para el riego. Cuando se cree que otro paradigma puede hacer ese trabajo —la fe, la moral, la agenda de valores, la superestructura— la vida moderna se va a las pailas. Basta mirar los lugares donde la religión es el paradigma base, o lo que en nuestros países se divulgó durante décadas como ideologías con agenda valórica: la promesa de que el orden de la sociedad se deduce de una doctrina y no de un sistema de precios.
Conviene aclarar de qué puntos hablo, porque son dos y se parecen. Están los puntos del tejido, esos que se sueltan y deshacen la trama entera si no se amarran. Y están los puntos del porcentaje: cinco más de tasa de inversión, cuatro y medio de crecimiento. La tesis de esta nota es que son el mismo punto. Cuando se sueltan los primeros, muchos terminan por ir a buscar los segundos con la policía. Y entonces los puntos que importan son los que decide ella. Es una realidad estructural, quizá hasta superestructural ahora con data.
Hablar de superestructura lleva a recordar a Marta Harnecker. ¿Quién es?, preguntaría hoy cualquier joven al no encontrar el nombre en TikTok ni en ninguna cuenta reconocible. Bueno: en mi tiempo ella escribió un libro sobre los conceptos elementales del materialismo histórico, buscando decirnos cómo eran las cosas en la sociedad de los humanos. Había estudiado psicología en la Universidad Católica; después se fue a París, conoció a Althusser y pasó un tiempo en la lectura de “Para leer El Capital”. El título lo decía todo: era cómo leer, no cómo hacer capital. Los efectos se harían claros más tarde. Al comienzo, sus estudiantes estábamos algunos confundidos; otros, muy decididos, terminarían lanzando bastante más que bombas molotov, con la revolución como la cuestión, mucho antes que los........
