Por qué el error humano no justifica la catástrofe
La catástrofe ferroviaria no volverá a repetirse... hasta que se repita. Es una promesa que reviste la ventaja de renovarse con cada incumplimiento. En enero pronunciamos la "última vez" de Adamuz con la solemnidad que merece una desgracia irrepetible. En octubre hemos tenido que volver a asomarnos al abismo de otros trenes destruidos. No es que los accidentes sean iguales, ni que puedan anticiparse las conclusiones de las investigaciones. Predomina la sensación de que el país ha aprendido tan poco de los escarmientos que necesita volver a reconocerse en las mismas fotografías de la muerte. La excepción empieza a adquirir el hedor de las peores costumbres.
De hecho, la proximidad temporal de las tragedias convierte en una burla cualquier propósito de tranquilizar a los viajeros mediante declaraciones de intenciones. La seguridad de un ferrocarril no puede depender de la capacidad de persuasión de un ministro. Hay que demostrarla allí donde no llega la retórica, en esos mecanismos que el pasajero ignora precisamente porque confía en ellos. Nadie sube a un tren para someterse a un acto de fe ni al despiste de un operario. Compramos un billete porque damos por supuesto que una estructura formidable de inteligencia técnica se ha ocupado de prever incluso lo que no debería suceder.
De ahí la obscenidad de la explicación que empieza a........
