Pecados borbónicos, indulgencias socialistas
El Palacio de La Mareta fue un regalo personal del rey Hussein de Jordania a don Juan Carlos allá por 1989. Una residencia alzada sobre la arena volcánica de Lanzarote, ideada con la impronta estética de César Manrique y el diseño de Fernando Higueras, que fusionaba la arquitectura tradicional canaria con el vanguardismo. Como Hacienda no sabe de apellidos ni de sangre, le reclamó una cantidad de dinero para conservar la propiedad que no tenía y terminó cediéndola a Patrimonio Nacional. Cosas veredes.
En sus memorias (Reconciliación), el Rey emérito admite que, visto con los criterios actuales, aceptar aquel regalo habría resultado problemático. Se reprocha haberlo hecho, aunque recuerda también que entonces no provocó ningún escándalo. Curiosamente, quienes actualmente disfrutan del inmueble son los presidentes del Gobierno, "incluidos algunos que no han parado de criticar y de debilitar a la Corona". "¡Qué ironía de la historia!", añade con sorna.
Casi cuarenta años después, Pedro Sánchez pasa sus vacaciones en el regalo que la Familia Real recibió, no pudo conservar y terminó entregando al Estado. Y no parece precisamente incómodo dentro del palacete.
Se ha instalado en La Mareta durante semanas y a cuerpo de rey —perdón por la expresión—, mientras la crisis migratoria de Ceuta continúa dando que hablar. La polémica por su ausencia y la tardía reacción de distintos miembros del Gobierno sigue abierta.
No pretendo hacer aquí demagogia sobre las vacaciones del presidente, sino utilizar la anécdota para evidenciar la extraordinaria capacidad de Sánchez para acabar practicando aquello que previamente había convertido en pecado cuando lo practicaban otros.
Sánchez construyó buena parte de su superioridad moral sobre la promesa de regenerar aquello que, según su relato, representaba la vieja España: privilegios, opacidad, regalos, residencias........
