Entre los dioses del Nilo y la luna del Ramadán
Entre los dioses del Nilo y la luna del Ramadán, Egipto vive en varios tiempos a la vez. En las orillas donde reinaron Horus y Osiris hoy se encienden las lámparas del ayuno musulmán en una tierra muy islamizada. Y mientras, El Cairo se llena de voces que vuelan entre las columnas de los templos a orillas del gran río al caer la tarde. Alejandría, entre basuras acumuladas y ruinas en abandono, sigue guardando como una memoria salina del Mediterráneo las historias de quienes llegamos, partimos y soñamos con ella, porque es posible que Terenci se equivocara y todo aquello sí fuera solo un sueño. Mi propia duda me ofende, pero aceptar calladamente que existió aquella Alejandría, contemplando el estercolero intelectual y viviente en que han convertido aquellas calles señoriales por las que continúa circulando el desvencijado tranvía, que van a eliminar en abril, ofendería a mi inteligencia, si no fuera porque he tocado la Columna de Pompeyo, porque he visitado la maravillosa nueva Biblioteca y porque he visto la hermosa cabeza pétrea de su glorioso fundador, Alejandro Magno, desafiando al viento marino.
Y porque mi querida Zeinab me cuenta desde Beirut, entre bombardeos y tragedias, el paraíso que fue aquella ciudad cuando su padre era un alto funcionario de la corte del rey Faruk y pasaba los veranos de su niñez y adolescencia en la ciudad de Cavafis. La revolución de Nasser arrasó aquella vida —puede que injusta, pero civilizada y culta— del mundo levantino en el que el simple hecho de nacer implicaba hablar desde pequeño tres o cuatro idiomas. Las terrazas miraban al verano con una elegancia melancólica: tranvías junto al mar, cines italianos, panaderías griegas, cafés poliglotas, comerciantes turcos, maestros griegos. Una Alejandría cosmopolita de fronteras borrosas, heredera del mundo........
