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El mundo de ayer no está muerto todavía

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10.04.2026

Hay algo profundamente subversivo en todo aquello que parece antiguo. Como si el tiempo –ese viejo escultor de sombras–, al depositar su pátina sobre ciertas realidades, las volviera invisibles para la mirada contemporánea y por tanto, peligrosas. Muy peligrosas. Los toros, la religión, la historia, la patria y el arte mismo pertenecen a esa estirpe de brasas que parecen cenizas, pero están vivas, arden.

Porque el arte –todo arte verdadero– es también una forma de riesgo, como diría Scruton. El pintor frente al lienzo, el torero frente al toro, el escritor ante la página en blanco… tres figuras diferentes para un mismo vértigo. El pincel, el cuerpo y la pluma son instrumentos representativos de una misma intemperie. En los tres casos hay algo que se expone, algo que puede fracasar, algo que se juega sin red. El pintor arranca luz de la oscuridad. El torero mide un pulso con la muerte. El escritor intenta decir lo indecible.

El toreo, malentendido como espectáculo, es en su raíz una liturgia. No es una fiesta banal, sino un rito donde el hombre se mide con lo irreductible. Así durante tres mil años. El toro no es solo fuerza, es noche con músculos, relámpago contenido, destino que embiste. Y el torero, al plantarse ante él, con la sola defensa de su inteligencia, no solo ejecuta movimientos armónicos, sino que escribe con su cuerpo ante la fiera una oración sin palabras. Cada pase es una sílaba, cada silencio un latido suspendido. Como el pintor que duda ante el trazo definitivo, como el escritor que teme no encontrar la palabra exacta, el torero habita ese instante en el que todo puede........

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