Inmigración, moralidad papal y límites obligados
La exigencia moral que reclama el papa León XIV cuando habla de inmigración tiene unos límites, los límites de lo posible, que, si se ignoran, convierten todo lo anterior en demagogia hueca. Lo que dice el Pontífice supone, dos mil años después, el regreso al mensaje de Jesucristo: la obligación de situar en el centro del debate al ser humano, "la persona humana", como dice el Papa, quizá para subrayarlo con la redundancia. El filósofo Luc Ferry, que fue ministro con Mitterrand, es uno de los pensadores que mejor describe la importancia del cristianismo en la historia, no sólo como aglutinador y síntesis de la filosofía griega y de la religión hebrea: la revolución de Jesucristo es la reivindicación de la dignidad humana, como hace ahora el Papa.
"Es el cristianismo el que aportará la idea de que la humanidad es esencialmente una y que todos los hombres son iguales en dignidad, idea inaudita en la época y que el universo democrático heredará en su totalidad", sostiene Luc Ferry en su recomendable libro window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); 'Aprender a vivir' (Taurus). Jesús de Nazaret coloca al hombre en el centro de la creación y, veinte siglos después, la defensa de la igualdad, de los derechos y la dignidad de todos los hombres, sigue siendo una reivindicación revolucionaria.
Lo que debe haber entendido Robert Prevost es que su Pontificado sólo tendrá sentido si se lo dedica, fundamentalmente, a los dos aspectos que generan en la actualidad más incertidumbre en las sociedades, el fenómeno de la inmigración y el desarrollo de la inteligencia artificial. Sobre los dos, ya sea con una encíclica o con la visita en junio y julio a Canarias y a Lampedusa, lo que reivindica es la raíz del mensaje de Jesucristo, el hombre en el centro del debate. Dignidad, respeto y ayuda al........
