El progresismo woke como máscara del sistema
En las últimas décadas, la izquierda occidental ha sufrido una derrota que no ha sido solo electoral, sino epistemológica. Hemos asistido, atónitos, a cómo las banderas de la liberación, la igualdad y el reparto han sido secuestradas por un nuevo pensamiento que, bajo el disfraz del progresismo, ataca precisamente aquello que debería defender. Hablo del nuevo pensamiento reaccionario. Y es reaccionario no porque venga ataviado con esvásticas o saludos romanos, sino porque ha interiorizado la lógica del capital, la ha teñido de nuevas identidades y deseos personales y la ha vendido como emancipación.
Este pensamiento, que ocupa la práctica totalidad del espectro mediático y académico en Europa y Estados Unidos, se ha vuelto experto en una operación de inteligencia política mayúscula: presentar como avanzada una doctrina que consagra el individualismo posesivo, el neoliberalismo cultural y la sumisión a las multinacionales. Todo aquel que se atreva a defender la soberanía de su pueblo, la pervivencia de culturas no occidentales frente al expolio globalista, el derecho de las mujeres europeas a tener hijos sin ser penalizadas socialmente, o simplemente la posibilidad de formar una familia, es inmediatamente tachado de retrógrado, autoritario o, peor aún, fascista.
Pero examinemos con frialdad los postulados de esta nueva reacción ilustrada. Por un lado, se proclama la abolición de toda frontera simbólica y material, pero no para hermanar a la clase trabajadora del mundo, sino para crear un mercado global de mano de obra dócil, precarizada y sin derechos. Se defiende la "disidencia sexual" mientras se destruye la biología como realidad, transformando el deseo en verdad mediante fármacos de por vida o cirugías financiadas por grandes farmacéuticas. Se dice feminista, pero ataca el feminismo igualitario de........
