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El cambio de las tendencias y la nostalgia que genera

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19.03.2026

Me acuerdo de los McDonald’s que visitaba durante mi infancia como si fueran parques de diversiones. Habían colores muy llamativos, incluso intrusivos, como el rojo intenso de los toboganes combinados con un amarillo chillón, o las sillas de plástico de colores que parecían grandes piezas de Lego. Pero, lo que más recuerdo era como todo este paisaje emanaba una energía visual que me succionaba cuando lo veía desde la calle. Entrar a una plazoleta de comidas a principios de este siglo también era una experiencia casi psicodélica, porque cada local competía por ser el más llamativo, y hasta los vasos tenían diseños tan atractivos que uno quería llevárselos a la casa y coleccionarlos. Tengo familiares que incluso aún tienen en su cocina vasos de McDonald’s y de CocaCola que si fueran personas tendrían cédula.

Todo lo colorido nos encantaba pero, de repente, en algún momento que no puedo señalar, todo se volvió más opaco.

Los McDonald’s cambiaron sus fachadas por tonos verde oliva y madera oscura. Y me acuerdo que ya, un poco más grande, este cambio me parecía espectacular, al principio. Las plazoletas de comida reemplazaron el arcoíris de sillas plásticas por bancas de un solo tono, casi siempre azules, grises o de madera. Las casas dejaron de tener cuadros y paredes de colores y las llenamos de blanco, de espacios limpios, de muebles que esconden sus bases, y de computadores que parecen pantallas flotantes. ¡Todo lo contrario a la torre debajo del escritorio de mi casa que prendía oprimiéndole un botón redondo con el dedo gordo del pie!

Lo curioso es que uno no percibe el cambio sino hasta que mira fotos viejas y se da cuenta de que ya nada es igual. Si no es por la columna que escribí la semana pasada, aún estaría dormida esa nostalgia en mi interior. El otro día vi una imagen de un centro comercial en los dosmiles, todo colorido, y me teletransportó a otra época. Creo que ya no se construyen centros comerciales así, vivos, ni siquiera en nuestra vital Neiva. Quizá el único de ellos, pese a que es de los más nuevos ,es el Unicentro, y eso me genera una nostalgia rara, porque no es que uno quiera vivir en el pasado, pero sí extraño algo de esa personalidad, de ese atrevimiento visual que tenía nuestro mundo antes de decidir que todo debía ser más neutro.

Sin embargo hoy el minimalismo ya no está en su punto más alto. Al menos esa es mi impresión. Estoy empezando a ver colores volver poco a poco en fachadas más disruptivas, en restaurantes con identidad propia, y en diseños que se permiten ser llamativos otra vez. Una de las grandes enseñanzas que me ha dado mi papá es que las tendencias funcionan como un péndulo, por eso no hay que formar nuestra personalidad entera bajo ninguna de ellas. Es como los jeans, que fueron anchos en los noventa, se entubaron en los dosmiles y ahora lo que está de moda entre los Gen Z es que sean anchos nuevamente. La moda, el diseño, la arquitectura, todo va y viene con esa misma lógica pendular.

Pero hay algo que me hace reflexionar, y es que en cada ida y vuelta del péndulo, algunas cosas se quedan para siempre. Los McDonald’s no van a volver a ser esa explosión de plástico rojo y amarillo salvo que la empresa quiebre y necesite agarrarse de ese valor comercial que da la nostalgia, pero eso quizá nunca suceda,. Hay espacios que el minimalismo tocó y transformó de manera permanente, como si hubiera dejado una marca indeleble. Y ese es el cambio generacional que se queda con el pasar de los años. Ciertas cosas de los noventa y dosmiles simplemente se quedaron allá. Y he aprendido a aceptarlo, porque al final eso no es ni bueno ni malo. Es simplemente la manera en la que cambia el mundo, por oleadas, por ciclos, pero nunca volviendo al mismo punto exacto.

Cada tendencia deja algo atrás y se lleva algo consigo. El minimalismo nos permitió respirar un poco y nos enseñó a valorar el orden, a no saturar cada centímetro con contaminación visual. Y lo que venga después, sea lo que sea, seguramente nos permitirá construir sobre ese aprendizaje.

Mientras tanto, en momentos sueño con sentarme en una silla de esas de plástico y colores vibrantes y disfrutar, junto con un café Entorno, lo que no sabía que extrañaría.

Santiago Ospina López


© Diario del Huila