Tríada de estética y territorio: el verbo de nuestros artistas
Por: Gerardo Aldana García
La cultura de un pueblo no se mide únicamente por la fastuosidad de sus monumentos de piedra o la abundancia de su despensa agrícola. Si bien el Huila es reconocido con orgullo como el primer productor de café y tilapia roja del país, existe otra exportación, más sutil pero más profunda, que hoy reclama su lugar en el estrado de la historia: el talento humano transformado en arte. No solo enviamos al mundo los frutos de nuestra tierra negra; hoy exportamos sinfonías, visiones y pinceladas que se convierten en el sillar sobre el cual se sostiene nuestra identidad universal.
Deseo centrar mi mirada impertérrita en tres nombres que, desde sus respectivas orillas, ejecutan una métrica perfecta de nuestra esencia en el mundo: David Ricardo Salazar, Alexander Pastrana y Carlos Salas.
En primer lugar, nos encontramos con la maestría de David Ricardo Salazar. Es motivo de sensible asombro ver a un hijo de Algeciras —pueblo que ha sido históricamente proveedor de vida para nuestra capital— dirigiendo orquestas en la Sala Dorada del Musikverein de Viena o impartiendo clases magistrales en los conservatorios de Xi’an y Chengdu en China. Su relación con el violín y la batuta no es la de un simple ejecutor; Salazar ha entendido que la música es el «verbo» que une las distancias. Su palmarés, coronado con un Magister Artium en Dirección Orquestal en la cuna de Mozart y Strauss, es la prueba de que el rigor técnico nacido en nuestra campiña puede broquelar el espíritu de las audiencias más exigentes del orbe. David Ricardo es el puente que une el aroma del cafetal con el rigor de la academia vienesa.
Por otro lado, la plástica sonora de Alexander Pastrana Soto, como un Escultor Sonoro nos ofrece una bofetada de realidad y virtuosismo. La música que interpreta este colosal creador tiene cuerpo, tiene relieve y se puede «percibir» casi como un objeto sólido y tridimensional. A sus treinta y cuatro años, radicado en la vibrante Nueva York, Alexander ha logrado algo sumamente potente: que el Rajaleña no solo sea un eco de nuestra alma festiva, sino que «adorne» al Jazz en escenarios como el Blue Note o el Lincoln Center, lo cual, se entiende, engrandece tan excepcional manifestación cultural huilense . Con una formación académica impecable que hoy lo encumbra hacia el Doctorado en Stony Brook University, Pastrana no solo toca el piano; él atrapa la luz del Macizo para verterla en el lenguaje universal de la síncopa. Es un acto de soberanía estética donde el Huila le habla de tú a tú a la capital del mundo, demostrando que nuestro folclor es una miniatura primorosa capaz de dialogar con la vanguardia global.
Finalmente, el pincel de Carlos Salas completa esta tríada con la fuerza de lo inmanente. Nacido en el Valle de Laboyos, en ese Pitalito de 1957 que respira arte, Salas es hijo de un juez autodidacta y de una madre que le entregó sus primeros óleos entre porcelanas. Arquitecto de la Universidad de los Andes y formado en la prestigiosa Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París, su obra ha cruzado océanos para habitar los museos más importantes del globo. Su arte no se limita a la figuración; es una exploración arquitectónica del pensamiento donde el lienzo es resistencia. Además, su labor trascendió el taller con la revista y galería Mundo, desde donde custodió la memoria de gigantes como Botero, Obregón, Rivera y Negret. Salas ha llevado el nombre del Huila a un nivel de interlocución internacional, demostrando que desde la mirada profunda de nuestra provincia se descifran las verdades universales del color.
Sin embargo, este talento que hoy vuela por cuatro continentes no puede seguir siendo un eco lejano que solo escuchamos con orgullo distante. Es imperativo romper con el rigor acre del refrán que sentencia que «nadie es profeta en su tierra». El Huila debe dejar de ser el lugar del que se huye para triunfar, y convertirse en la tierra que se apropia con amor de lo que ha nacido en sus propios caminos.
¿Cómo aprovechar este filón de genialidad? La respuesta reside en una pedagogía del retorno. Imaginemos a David Ricardo dirigiendo pasantías intensivas en nuestra Banda Sinfónica Departamental o fortaleciendo las Bandas Municipales; a Alexander Pastrana dictando master classes en el Conservatorio de Música o en los programas de artes de la Universidad Surcolombiana, insuflando el rigor de Nueva York en nuestros jóvenes pianistas; y a Carlos Salas transformando nuestras casas de cultura en laboratorios de plástica universal, compartiendo la disciplina que lo llevó del cuarto de «chécheres» en Pitalito a las luces de París.
Las entidades de cultura en todo el Huila tienen aquí un reto inmenso: dejar de ser meras administradoras de lo cotidiano para convertirse en gestoras del talento global. Traer a estos creadores a sus raíces, permitirles fructificar en medio de los nuevos talentos, es lo que le dará a nuestra vocación artística una estatura inmaculada. Debemos amar y valorar a quienes han ido al exterior, han visto y han vencido, no solo por su victoria individual, sino por el saber que traen de vuelta bajo el brazo.
David Ricardo, Alexander y Carlos son la métrica con la que el Huila le dice al mundo que nuestra «Tierra de Promisión» respeta a sus hijos. Cuando sus pasos vuelvan a resonar en nuestros claustros, sabremos que el Huila artístico va en la senda de alcanzar, finalmente, su verdadera mayoría de edad.
