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¿Qué significa hoy ser líder en Colombia?

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16.04.2026

En Colombia solemos confundir liderazgo con visibilidad, carisma o capacidad de influencia. Se asume que quien habla más fuerte, quien moviliza más personas o quien ocupa una posición de poder ya es, por definición, un líder. Pero la realidad muestra otra cosa, tener seguidores no es lo mismo que construir liderazgo. Y esa confusión nos está costando caro.

Vivimos una época marcada por la sobreexposición, la inmediatez y la polarización. Las redes sociales premian la reacción rápida, la frase contundente y la indignación rentable. En ese entorno, muchos liderazgos han dejado de formar criterio para dedicarse a administrar emociones. Se busca adhesión, no reflexión. Lealtad, no pensamiento crítico. Por eso la pregunta de fondo no es menor: ¿los líderes de hoy están formando ciudadanos o simplemente seguidores?

La diferencia es crucial, el seguidor delega su criterio, el ciudadano lo ejerce y el seguidor espera instrucciones. El ciudadano participa, cuestiona y asume responsabilidades; una democracia sana necesita ciudadanos; los personalismos, en cambio, se alimentan de seguidores.

Colombia enfrenta hoy una crisis de liderazgo que va más allá de la política, está en las instituciones, en las universidades, en las empresas, en los medios y, en ocasiones, incluso en los espacios donde se supone que se forma el pensamiento. Hay una escasez preocupante de referentes que combinen solvencia técnica con integridad ética y sensibilidad humana.

Como cirujano, he aprendido que liderar no consiste en dar órdenes. En una sala de cirugía, el liderazgo no se impone, se construye con criterio, serenidad y responsabilidad. Un cirujano lidera cuando toma decisiones difíciles bajo presión sin perder claridad, cuando escucha al equipo, cuando corrige sin humillar y cuando entiende que detrás de cada procedimiento hay una vida humana vulnerable.

Como educador, veo con preocupación que muchas veces seguimos formando profesionales competentes en lo técnico, pero frágiles en lo ético y en lo relacional. Sabemos mucho, pero escuchamos poco. Tenemos herramientas, pero a veces carecemos de criterio. Y un país no mejora solo con expertos: mejora con personas capaces de decidir bien en contextos complejos. Hoy, liderar en Colombia exige algo más que capacidad de gestión o discurso persuasivo. Exige tres condiciones que ya no son opcionales.

La primera, ética. No como discurso decorativo, sino como coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Un líder sin ética puede ser eficaz en el corto plazo, pero termina erosionando la confianza, que es el capital más importante de cualquier sociedad. La segunda, rigor. En un mundo saturado de opiniones, liderar exige entender la complejidad, valorar la evidencia y resistir la tentación de simplificar lo que requiere profundidad. La tercera, empatía. No como sentimentalismo superficial, sino como capacidad real de comprender al otro, escuchar contextos distintos y tomar decisiones que no desconozcan la dignidad humana.

El liderazgo del siglo XXI no necesita más caudillos ni figuras infalibles. Necesita personas capaces de construir confianza, promover conversaciones difíciles y formar criterio colectivo.

Porque liderar no es arrastrar multitudes. Es ayudar a que otros piensen mejor, decidan mejor y actúen mejor. En un país como Colombia, profundamente herido pero también profundamente resiliente, el liderazgo que más necesitamos no es el que promete salvarnos. Es el que nos enseña a madurar como sociedad.

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