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El encanto del bar Zapico, en el Cerro del Águila

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16.03.2026

16 de marzo 2026 - 04:00

Hubo un tiempo en que todo era mucho más sencillo. Y eso se aprecia en los bares de los barrios, los que han echado el freno de mano de forma natural para conservar una oferta y un ambiente que siempre han funcionado, para no meterse en sendas complicadas, hábitos absurdos y, sobre todo, para no sufrir contaminaciones. A muchos barrios de Sevilla no llegan, por fortuna, los tontucios con el palito y el móvil que se hacen llamar influencers y que te explican que se sirve una tapa de espinacas que es "brutal", los mismos que valoran que una Dolorosa está tan bien vestida que es "un pepino". En bares como el Zapico, en el Cerro del Águila, hay una lista de viandas de toda la vida, un saloncito que se comunica con el camarero por un ventanuco desde el que se admira una reproducción del mosaico que Santiago del Campo hizo para el estadio del Sevilla, unos clientes que son más bien parroquianos y dos aseos que en las puertas llevan marcadas a golpe de tiza una ese y una ce. La clientela pide la carne de pinchito ya liberada del acero, el menudo con patatas, la fabada, las lagrimitas de pollo, las gambas rebozadas, los boquerones... No hay tinto por botellas, sino por copitas. Con suerte te encuentras al escritor y fotógrafo Antonio Sánchez, el sultán trianero de sangre baratillera. Y. también con otro poco de suerte se tiene derecho a los naranjos en flor de la calle con la que se honra a Tomás Pérez, quien lo fue todo en la Primitiva Hermandad de los Nazarenos de Sevilla. Algún vecino baja la basura con las zapatillas de franela y aprovecha para hacer estación en el Zapico antes de regresar a su domicilio o paradero, cualquiera sabe. No hay aplicaciones digitales, ni pinganillos, ni interés ninguno por ser graciosos, que esta ciudad tiene sublimados el malaje y cierto concepto de gracia. Y por puro interés comercial ha elevado a la categoría de doctores honoris causa a quienes están detrás de una barra y que, tal vez, merecen más seriedad y respeto, ¿verdad, don Eusebio León? Pero este es el tiempo que nos ha tocado vivir. Y, por fortuna, hay muchas calles preciosas en barrios y barriadas, mucho comercio auténtico, mucho bar de siempre donde no hay más colas que las de las gambas rebozadas, mucho ambiente de pueblo sin salir de la capital y, todavía mejor, nada de vinagre de Módena.

La ese y la ce escritas con tiza es el mejor símbolo de cuanto exponemos. Menos es más, que dijo el artista sin defender el minimalismo, sino con el objetivo de alabar el criterio claro. La tranquilidad y la paz de los barrios es una suerte que conserva la ciudad a golpe de unas cuantas paradas de Tussam. En el caso del Zapico, la línea 26 deja muy cerca de la taberna, justo en esa gran avenida que es Afán de Ribera, próxima ya a la explosión de gozo dentro de un par de martes. No hay tapas brutales, sino de cocina. No hay postres de nombres llamativos, sino un camarero con oficio. No hay graciosos a sueldo, sino vecinos de toda la vida que tienen parada y oasis en los minutos de reposo y reflexión de una cerveza fría. ¡A los barrios, a los barrios!

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