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"Se trata de un tipo que comenzó como artista en Nueva York, experimentando con drogas, marginal e inconformista y terminó ingresando en un convento"

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06.04.2026

Escuché esta semana santa, en Baluarte, el concierto sacro con la misa de requiem de Eslava, llena de solemnidad y trompeterío, apta para el funeral de un gran hombre, y luego el gran coro que casi llenaba el escenario y  una joven orquesta entusiasta nos ofrecieron  la Misa de la coronación de Mozart, nada menos, algo que, incluso a alguien tan poco dotado de oído como yo, me llenó de emoción, logró  transportarme a un mundo más luminoso y amable, sentirme de pronto  partícipe de algo grande y bello que me sobrepasaba, lo que suele ocurrir con el gran arte: con una metáfora luminosa, una imagen llena de gracia, o la hondura de una historia y entonces me acordé de algo que oí hace poco a Hugo Mujica, un poeta argentino al que acaban de dar el  prestigioso premio Loewe de poesía -como la marca, también la poesía tiene algo de lujo y puede salir cara-   al que oí decir que la mejor prueba de la existencia de Dios es la Pasión según san Mateo de Bach, pero  que si Dios no existe, es que Dios es en realidad la Pasión según san Mateo de Bach, algo que, supuse, también vale para Mozart, lo cual no deja de ser sino las dos formas de entender lo divino, y puede que con el tiempo vayamos pasando  de una a otra, o de otra a una, no sabría decir cual de las dos es el caso de Mujica, se trata de un tipo que comenzó como artista en Nueva York, años 60, experimentando con drogas, marginal e inconformista y terminó ingresando en un convento trapense donde estuvo siete años en silencio. 

Nunca sabemos lo que nos deparará el futuro. Allí empezó a escribir esa poesía  de pocas palabras, cercana al silencio, como si no  decir casi nada fuera la manera de decirlo todo, lo que se demuestra en estos tiempos en los que los mensajes se agolpan y tapan unos a otros, mientras en sus versos desnudos late algo más simple que tiene que ver con la sustancia de las cosas, con la búsqueda de lo que nos une, un antídoto de la división y el odio, ese afán que resuena también en la  mejor  música que por un instante nos ampara y nos salva.


© Diario de Navarra