Sañas de identidad
El presidente Sánchez, siempre atento al estado de nuestras emociones, ha anunciado la creación de una herramienta oficial para perseguir el odio. Se llama HODIO, y tendrá por objeto medir y evaluar la presencia del odio en las redes sociales. Básicamente lo mismo que ya venían haciendo otros observatorios ya existentes, de corta vida pero intensa actividad, tales como Oberaxe, Faro o Alertodio, lo cual refuerza la impresión de que en este país observar se nos da bastante bien. La novedad es esa hache colocada ahí como para desmentir la fama de inútil e insignificante que arrastra la letra.
A primera vista, uno se pregunta si es lícito combatir el odio torturando la ortografía. La explicación viene de que se trata de la hache inicial del acrónimo ‘Huella del Odio y la Polarización’, que ese es el nombre del utensilio. Como sabemos que lo de dejar huella lo tiene Sánchez bastante trabajado, demos por buena la licencia semántica de haber llamado huella a lo que es un ente técnico y administrativo, y vayamos a lo sustancial. Toda la labor hecha hasta el día de hoy por estos observatorios conduce a una conclusión que ya se intuía: hay mucho odio esparcido por ahí. No solo en las redes sociales, cuya función en este particular ha sido dar voz a los venenos que la gente llevaba dentro pero no encontraba la forma de sacar al exterior.
Tanto ha arraigado entre nosotros la pasión de odiar que a veces resulta indistinguible del amor, cosa de la que ya había advertido Unamuno: "Es triste que no sepamos afirmarnos sin negar al prójimo, y que toda obra de amor lleve aparejada otra de odio". "Odi et amo", había escrito muchos siglos antes el poeta Catulo. Pero ahora parece que nuestros odios han adquirido una consistencia mayor, un rango de dignidad, un encanto especial que los hace irresistibles. No es que la gente se odie; es que se define a sí misma por sus odios, es que ha hecho del odio su seña -saña- de identidad. Aunque la psicología y la experiencia nos insisten en que odiar es cansado y exige mucho mantenimiento, odiamos a conciencia, con rabia, con una resolución digna de mejor causa, y tan poderoso es en nosotros el ímpetu de odiar que estamos dispuestos a hacerlo hasta con hache.
