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"El gozo de dejar el abrigo y salir a cuerpo a la calle queda borrado por la sensación de que en cualquier momento habrá que calarse el casco y correr a ponerse a cubierto"

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20.03.2026

Hay dos versiones de la llegada de la primavera. Una es luminosa, bucólica, decorativa. La otra violenta, abrupta, cruel. La primera invita a hacerse ilusiones y a encontrarlo todo hermoso y armónico. Por un malentendido secular que atraviesa siglos de tradición cultural, tendemos a interpretar los signos de la nueva estación como promesas de bienestar y chutes de alegría, aunque tengamos pruebas sobradas de que la primavera también trae perturbaciones internas y externas de lo más chungo. 

Vayan a hablarles de brotes verdes a los alérgicos, verán la gracia que les hace. O a los propensos a las sacudidas del ánimo, que reciben el final de marzo con más miedo que a un nublado porque saben que a partir de estas fechas las depresiones campan a sus anchas. 

Pero, como hemos dejado la primavera en manos de los poetas y no de los médicos, esta segunda versión que la presenta como un periodo dañino y desquiciante queda cubierta por un tupido velo de silencio. Tampoco parece que la imagen optimista de la primavera se compadezca mucho con el momento histórico. A juzgar por los acontecimientos, la historia parece decidida a reivindicar la cara furiosa de la naturaleza, sus violentos estallidos atmosféricos, la turbulencia de sus vaivenes, sus tormentas repentinas, sus arrebatos de inestabilidad adolescente encarnados en seres histéricos y antojadizos a la cabeza de los cuales aparece el gran inmaduro de la cresta amarilla. 

Es imposible disfrutar de los tibios atardeceres cuando los vientos de guerra y destrucción soplan por todas partes. No hay jardines coloridos que no se ensombrezcan con el humo de los petroleros en llamas. El gozo de dejar el abrigo y salir a cuerpo a la calle queda borrado por la sensación de que en cualquier momento habrá que calarse el casco y correr a ponerse a cubierto para escapar de los drones. 

Sin embargo, en medio de la consternación y la impotencia algo empuja a la voluntad a acogerse la esperanza, por improbable que esta sea. Tan mínima, por ejemplo, como la que invoca ese castaño de Indias del Bosquecillo en el que como cada año por el día de San José empiezan a asomar antes de tiempo sus flores rosadas. Quizá esta clase de ensoñaciones también sean una forma de resistencia frente a la barbarie.


© Diario de Navarra