El hilo rojo
Opinión | Una ibicenca fuera de Ibiza
A veces, un gesto anónimo basta para unir dos vidas que nunca llegarán a conocerse y cambiar para siempre el destino de una de ellas
Una donante en el momento de la extracción de sangre. / DANIEL ESPINOSA
Yo andaba escribiendo otra cosa, por supuesto. El centenar de desconocidos que encontré al llegar al punto móvil de donación de sangre de Cruz Roja —un autobús en Gran Vía con Montera— también andaba en otras cosas: trabajando, en clase, en la biblioteca… cuando nos interrumpió la vida un accidente de tren que deja, de momento, sesenta y nueve muertos. Ojalá, ¡ojalá!, esa cifra sea definitiva y los más de cien heridos que siguen ingresados vuelvan pronto a casa.
Pero, tras mi abrazo más sincero a las víctimas, sus familias y quienes acudieron al rescate, quiero hablar de quienes, ante la impotencia o la distancia, donan sangre.
Malcomía con el insalvable nudo en el estómago delante del televisor solo porque es obligatorio acudir habiendo comido. Aun sabiendo que habría mucha más gente de la habitual, me emocionó ver que era tanta. Ante la urgencia del accidente, se hizo un llamamiento a acudir a los hospitales de Toledo, Ciudad Real y Alcázar de San Juan, y a los Centros de Transfusión de la Comunidad de Madrid. No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que esta onda expansiva de generosidad alcanzó todos los rincones de nuestro país.
España es el cuarto país de la Unión Europea en donantes de sangre y plasma, pero ¡ay, en donantes de órganos…! De entre los hitos de aquel 1992 de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla perdura uno menos conocido: desde entonces, España lleva 34 años consecutivos liderando el........
