Calles cagadas
Creado: 16.02.2026 | 06:00
Actualizado: 16.02.2026 | 06:00
La realidad fisiológica siempre ha tenido, y sigue teniendo una presencia sustantiva en la vida diaria, incluso en todas sus manifestaciones, con notable fortaleza en el lenguaje popular, frente a la ola de eufemismos que deseaban tapar lo que algunos consideraban expresiones de mala educación. Más aún, si cabe, en las necesidades fisiológicas de evacuación, fueran mayores o menores. En torno al asunto se ha generado tanta literatura, que siempre es referencia que puede dar mucho de sí.
En sentido tanto real como metafórico, no hace tanto tiempo se utilizaba la expresión «A mear, a la calle». No se le ocurra ahora semejante atrevimiento y dislate, puesto que el pasado 11 de septiembre entró en vigor de forma plena la Ordenanza del Ayuntamiento de León sobre Protección de la Convivencia Ciudadana y Prevención de las Conductas Antisociales. Ahora, ni se le ocurra: si le llega el apretón mingitorio y le hace caso, además del aprieto, la autoridad le puede apretar de 601 a 1.500 euros. Le cortan la meada para toda la vida. Así y todo, sin embargo, los orines, olores y regueritos pululan por la ciudad. Son de origen canino, que en la gran mayoría de las ocasiones —la constatación no engaña— no se disuelven mediante el chorrito de la socorrida botella de agua. Leo en el escaparate de un comercio al inicio de la Avenida de San Mamés, que da entrada al clásico barrio: «Esta fachada no es zona de alivio canino. Se denunciará». El personal está ya muy harto, y con razón.
Resulta que lo de las meadas caninas es, en este contexto, asunto menor si entramos en valoraciones comparativas. Lo de las cagadas no solo es un escándalo, también una vergüenza que atenta contra el buen gusto, la limpieza y la salud. En calles, en general las menos transitadas del barrio de referencia —la cercanía y la constatación son garantía inequívoca de verdad— la sucesión de cagadas diversas las hace intransitables, obligando al ciudadano en ocasiones a bajar de las aceras a la calzada, si no quiere llegar a casa con el calzado bien embadurnado. Así es, sencillamente, con situaciones no pocas veces rocambolescas.
No seré yo quien ponga en la picota en esta ocasión a la municipalidad. La culpa es únicamente de los responsables de los perros que permiten estas prácticas sin limpieza, síntoma de poca conciencia ciudadana, se pongan como se pongan los que las practican. Es que el asunto se está convirtiendo en una peste. A los responsables municipales sí hay que exigirles que tomen cartas en el asunto, adoptando las medidas necesarias para hacer cumplir las normas, también respecto a bicicletas, patines, monopatines, que también aparecen en la Ordenanza y los inmensos estercoleros de colillas que abundan en puntos determinados. Viendo este panorama de dejadez y suciedad es «como para mear y no echar gota».
