Cercas y la polarización artificial
Dice Javier Cercas, y no puedo estar más de acuerdo con él, que la polarización es artificial, está inducida desde arriba, y yo añado que con la impagable colaboración de los medios de comunicación. Sin ellos como vehículo de penetración en la sociedad sería imposible sembrar la semilla del odio con la consiguiente respuesta de las partes. Será que veo otra España diferente a la que me quieren vender: un país amable y solidario donde la gente ha superado las viejas rencillas y se apresta a entenderse antes que a dividirse.
Alguien pretende romper la baraja. Ya llevamos más de 20 años con esto y solo veo los frutos de la aplicación de la tensión en las tertulias televisivas y en las publicaciones tendenciosas de la prensa. Si esto hubiera calado en la sociedad no nos visitarían los millones de turistas que lo hacen, declarando que una de las cosas que más les gusta es comprobar cómo somos. Ya no hay vestigio de esa España enfrentada con la imagen de fondo de la Guerra Civil, al menos en la mayoría de la población es así. Es más, diría que incluso en esa época la polarización que nos llevó al desastre también estaba inducida por el enfrentamiento de unas minorías militantes que pretendían englobarnos a todos sin conseguirlo. Esa puede ser la tesis de Soldados de Salamina, donde Cercas relata cómo personas de un bando protegen a uno del bando contrario impulsados por sentimientos humanitarios que constituyen su auténtica naturaleza.
Hace 25 años que Cercas publicó su novela y, más o menos, sigue diciendo lo mismo. Somos como cualquier otro país de Europa, e incluso mejores si tenemos en cuenta esa imagen de acogimiento y comprensión que tanto les llama la atención a los que nos visitan. Ya hemos enterrado a la Carmen de Merimé y al bandolero de la sierra con su navaja albaceteña trabada del cinturón. Eso era en los tiempos de Gautier, cuando los visitantes intentaban descubrir el exotismo de un asaltante de caminos con las patillas largas. España no era eso antes, ni lo es ahora, ni lo será nunca. Los frentes de los equipos de fútbol no son más violentos que los hooligans ingleses y nuestros escritores no son tan procaces ni provocadores como algunos franceses. Ya no está la Alhambra llena de gitanos, como contaba Washington Irving; y cuando lo estaba formaba parte de ese atractivo del sur que vivió en paralelo a nuestra decadencia, en el momento que a los pintores les gustaba pintar odaliscas y la música a la turca llenaba los salones de exotismo.
Hace tiempo que dejamos de ser exóticos, el día que recuperamos la sensatez y arrinconamos a la memoria. Entonces aprendimos a estimarnos, a ser un pueblo que se mira a sí mismo con dignidad, a hacer respetar nuestra idiosincrasia, a reconocer nuestros valores específicos integrados en la normalidad del resto del mundo. Todo esto somos y seguimos siendo a pesar de que unos pocos se empeñen en escenificar la fiesta de moros y cristianos permanentemente. Lo curioso es que allí donde se celebra, los moros y los cristianos se van a tomar una copa juntos cuando acaba el desfile.
Tiene razón Cercas, vivimos en una artificialidad y unos pocos creen que sacan beneficio de eso. Cuando Tezanos pregunte por estas cosas no le va a quedar más remedio que darle la razón a Cercas. Pero, desengáñense, no lo va a hacer.
