Los niños más felices del mundo
El Tenerife ha vuelto. Ganó al Barakaldo con las cuentas hechas de antemano y el estadio conjuró todos los fantasmas. Cuando los hitos domésticos tenían relevancia en nuestra escala de valores, el fútbol era determinante. Mis mayores alegrías y desilusiones dependían de que el balón quisiera entrar o no. Si mi equipo ganaba, el fin de semana sabía a gloria.Ahora que el Tenerife ha vuelto, lo primero que he sentido es una gran paz, tras un mar de dudas por que el equipo naufragara. Así que la feligresía adolescente convertía al Tete en un Tótem, y ahora nos invade el optimismo de esa paz pequeña, insular y nuestra, que parece la paz del mundo.
Una de las personas que me contagió este éxtasis -antes del partido- fue el capitán de mis primeros años de idilio con el Tenerife de García-Verdugo. Molina (Alberto Molina Navarro), el defensa central inexpugnable, al que nunca expulsaron, el que más partidos jugó con la camiseta blanquiazul. Aquel mito grecolatino, como los grandes astros del fútbol, era para nosotros, los hinchas de General de pie, nuestro Franz Beckenbauer, el teutón que reinventó al líbero en el Bayern. Molina era nuestro ‘Káiser’. Gobernaba el área con alas de fuego, pero era........
