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La semana del contagioso Síndrome de Milan

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03.09.2026

El verano vintage tenía su kriptonita. Como Superman. El espíritu de las vacaciones empezaba a diluirse a medida que crecía el olor a goma de borrar en el ambiente. Aún restaban los San Antolines de aquí y allí. Y los Andra Mari por todas partes. Pero el inconfundible aroma de la mítica goma Milan 430, o de la no menos legendaria Milan 624, se percibía cada vez en más lugares. Y generaba una melancolía debilitante: había que retornar al aula en la mayoría de los casos. Fuera en alguna de aquellas balbuceantes ikastolas, en el insti o en la FP, lo que llamábamos Escuela de Oficios. El objetivo era ser gentes de provecho en el futuro. O, de no conseguirlo, periodistas.

A quienes trabajaban en un taller, un comercio, una oficina o una fábrica, les afectaba el Síndrome de Milan de la misma manera. Porque sus vacaciones también concluían en septiembre. Solo se mantenían alegres quienes vivían del baserri. Les daba igual, su tarea variaba poco aunque, además, estudiaran. Como tantas........

© Deia