Razones para la desmovilización de la ciudadanía
Nos alejamos del poder político.
Cada vez es mayor la distancia entre las personas y las decisiones que condicionan su vida: económicas, sociales, políticas. Y esa distancia no es un accidente pasajero, sino una tendencia que se ha vuelto estable, permanente y, en buena medida, autónoma respecto a las movilizaciones sociales, individuales o colectivas, que en otro tiempo lograban torcerle el brazo.
El caso estadounidense ofrece un buen punto de partida, porque anticipa una tendencia que se extiende por Europa. La victoria de Trump supuso una vuelta de tuerca en la oligarquización de la política de Estados Unidos: al aumento exponencial del gasto electoral se sumó un patrimonialismo político que borra la distinción entre interés público e interés privado. En ese modelo, que gana terreno también en Europa, lo determinante para la rentabilidad ya no es tanto la inversión productiva como el poder político en estado puro. Es lo que puede llamarse capitalismo político: nuevas formas de acumulación que combinan fraude fiscal, tipos de interés bajos, especulación bursátil y, sobre todo, un gasto público masivo dirigido a la industria privada, cuyo efecto sobre el conjunto de la población se limita a un goteo.
En esta dinámica avanza la extrema derecha hacia una radicalización reaccionaria, mientras se perfila el agotamiento del ciclo neoliberal. Conviene no simplificar: estos cambios políticos no son sólo el resultado de la manipulación de masas por demagogos, sino también la elección consciente de fracciones del capital. Se habla del crecimiento del fascismo (o, más exactamente, de un pseudofascismo) y se buscan causas: el propio neoliberalismo, la hipocresía europea, el miedo al colapso ecológico. Probablemente el pseudofascismo sea la confluencia de todos esos factores. Pero, más que multiplicar explicaciones, conviene nombrar lo que ocurre en el fondo: el sistema político, llámese como se llame, ha vaciado el contenido de su propia legitimidad.
Tres fuentes de un mismo vaciamiento
Ese vaciamiento tiene tres fuentes principales que convergen en la misma dirección.
La primera es el poder del capital global, que ha alcanzado una autonomía sin precedentes dentro y fuera de los Estados. La inversión y los grandes fondos condicionan directamente la vida cotidiana de millones de personas sin que estas tengan capacidad de decisión al respecto. Los datos hablan por sí solos: la riqueza que el 0,01 % más rico del planeta oculta en paraísos fiscales supera con creces el patrimonio conjunto de la mitad más pobre de la humanidad.
Lo que se presenta como neutralidad técnica ha derivado hacia lo que podría llamarse una democracia sin ciudadanos
Lo que se presenta como neutralidad técnica ha derivado hacia lo que podría llamarse una democracia sin ciudadanos
La segunda es la evolución del propio Estado. Lo que se presenta como neutralidad técnica ha derivado hacia lo que podría llamarse una democracia sin ciudadanos: crecen las democracias formales al tiempo que se reduce la participación real a un ritual electoral cada vez más vacío de contenido.
La tercera es la hegemonía cultural y mediática. Los grandes medios y las redes sociales han impuesto una lectura simplificada de la política, construida sobre la exaltación o la demonización de líderes individuales. El resultado es una ciudadanía emocionalmente movilizada, pero políticamente desorientada.
Los tres factores convergen: las decisiones económicas se toman lejos de la ciudadanía, los Estados gestionan sin participación real y los medios fabrican una realidad emocional y polarizada. Como ha señalado Yayo Herrero, tanto las derechas como las izquierdas institucionales (estas últimas desde posiciones generalmente más moderadas) terminan siendo arrastradas hacia un terreno político cada vez más oscuro, donde resulta extraordinariamente difícil construir proyectos colectivos capaces de responder a la profundidad de las crisis ecológica, social y democrática.
Los gobiernos progresistas quedan atrapados en la contradicción entre favorecer los procesos de acumulación económica y mantener la legitimidad necesaria para sostenerse políticamente. En un contexto de malestar social y decepción ciudadana, esa contradicción acaba traduciéndose con frecuencia en discursos de escasa capacidad transformadora, alimentando una creciente desmovilización y un........
