Abelardo de la Espriella y el fascismo de plataformas
El Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG) publicó un dato revelador: el aumento acumulado del salario mínimo real de los ocho gobiernos anteriores al de Gustavo Petro fue de 26 %, mientras que el aumento del Gobierno Petro fue de casi 29 %. En otras palabras, el primer gobierno popular y de izquierdas de la historia de Colombia en cuatro años logró en beneficio de los salarios y el poder adquisitivo de la clase trabajadora lo que la oligarquía no hizo en treinta y dos.
Esto no fue sólo el resultado de duplicar el salario mínimo; también se avanzó en la Reforma Agraria –eje histórico del conflicto armado–, se abarataron los insumos agrícolas y aumentó la producción de alimentos. Entre tanta desigualdad e injusticias estructurales, fue urgente fortalecer un nuevo tejido de servicios públicos y transferencias monetarias para garantizar derechos: renta básica para madres cabeza de familia y jóvenes estudiantes, bono pensional para evitar el hambre de tres millones de adultos mayores, y por fin militares y policías de base recibieron –en el gobierno de un exguerrillero– un salario mínimo.
Los gurús neoliberales decían que estas medidas iban a disparar el desempleo y el hambre, y que era un error catastrófico recuperar los derechos laborales desmontados en la década de 1990; sin embargo, al final del Gobierno Petro, Colombia tiene los mejores indicadores sociales de las últimas décadas. Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística, en el mes de mayo de 2026 se registró, de nuevo, la tasa más baja de desempleo del siglo: 8 %. Y en un solo mandato presidencial, cinco millones de personas salieron de la pobreza monetaria, dos millones salieron de la pobreza extrema, la inseguridad alimentaria grave se desplomó y se redujo la mortalidad por desnutrición infantil en 59 %.
En un solo mandato presidencial, cinco millones de personas salieron de la pobreza monetaria
En un solo mandato presidencial, cinco millones de personas salieron de la pobreza monetaria
Es justo decir que el Gobierno Petro fue reformista en sus propósitos y revolucionario en sus efectos. Y por todo esto llegamos a pensar que el triunfo electoral de la izquierda en Colombia era casi seguro. Pero la realidad material no es el único elemento en la disputa política. Iván Cepeda Castro (filósofo, defensor de DDHH, víctima del terrorismo de Estado y congresista que logró la condena judicial histórica de Álvaro Uribe) obtuvo 12.708.312 votos en la segunda vuelta presidencial, la cifra más alta de la izquierda en la historia de Colombia. Pero quien ganó las elecciones por sólo 0,9 % de la votación fue Abelardo de la Espriella, un abogado de la mafia.
La campaña fue del pueblo
La campaña de Iván Cepeda fue saboteada desde el principio: el Consejo Nacional Electoral le prohibió presentarse a la consulta interpartidista de marzo, los grandes bancos le negaron préstamos, empresas de publicidad rechazaban alquilarle sus vallas y no hubo un solo día en el que cesaran los ataques del oligopolio mediático colombiano. Además, hubo una inmensa campaña de terror y desinformación en redes. La agresividad de los partidarios del viejo régimen fue tanta, y sus apoyos fueron tan amplios, que no sólo había que desmentir y enfrentar los incendios políticos de los actores nacionales, sino incluso los de congresistas y funcionarios estadounidenses de alto rango, y hasta los del presidente Donald Trump.
Pero no hay dudas de que la campaña de Cepeda también cometió muchos errores. Arrancaron despacio, renunciaron a los símbolos, mostraron un candidato distante y de pocas palabras, descuidaron la estrategia digital –hubo poca presencia en redes antes de la primera vuelta– y con la intención declarada de rechazar “la política espectáculo” corrieron el riesgo de que pareciera antipático. La épica popular que condujo en el 2022 al triunfo electoral de Gustavo Petro no surgió esta vez desde la campaña oficial, sino gracias al pueblo mismo después de la primera vuelta.
Fue lo más hermoso de estas elecciones. Desde el lunes primero de junio de 2026, día siguiente a la primera vuelta presidencial, la gente se empezó a organizar en toda Colombia: jóvenes de comunidades digitales, organizaciones barriales, movimientos sociales y populares, artistas y comunicadores alternativos... El país real dio un paso al frente y suplió las carencias de la campaña con un estallido cultural de piezas gráficas, canciones, nuevos símbolos y narrativas que lograron recortar la distancia frente al candidato de la ultraderecha. La campaña fue del pueblo. Y todavía sentimos un estremecimiento ante la certeza de que faltó muy poco.
Estafador de estafadores
En cambio, Abelardo de la Espriella fue desde el principio agresivo en su marketing, sin escrúpulos en sus gastos de campaña (los oficiales y los no oficiales), y voraz en sus alianzas con redes clientelares, latifundistas, presuntas mafias de la contratación y lo más reaccionario de la política colombiana. Desde que se dieron cuenta de que podía ganar, esas élites que llevaban cuatro años fantaseando con que el gobierno Petro fuera sólo un paréntesis desafortunado, un error pasajero del sistema político, decidieron apoyarlo con todo el dinero y las herramientas a su disposición.
De modo que Abelardo de la Espriella se vendió como un outsider, pero representa el núcleo mismo del viejo régimen colombiano. No representa sólo a la oligarquía........
