Cacas de santo y pedos de monja
05.02.26Mi madre tenía lo que suele llamarse “mano verde”: un especial talento para cuidar las plantas, para criarlas, para hacerlas prosperar. A veces me señalaba una y me decía, jactanciosa: “Esta es ‘nieta’ de aquella”, dándome a entender así que la planta en cuestión había nacido de un pequeño tallo cortado a otra planta crecida, a su vez, a partir de un esqueje procedente de la que me señalaba. Sabía designar cada planta con nombres comunes que entretanto han caído en desuso, al menos a mis oídos: “Costilla de Adán” (Monstera Deliciosa), “lengua de suegra” (Sansevieria trifasciata), “dedos de bruja” (Carpobrotus edulis), “planta del dinero” (Plectranthus), “orejas de burro” (Kalanchoe Gastonis-Bonnieri), etc., etc. Por otro lado, mi abuela materna, muy aficionada a la repostería, era capaz de llamar por su nombre a todos los dulces de una pastelería. Recuerdo algunos que nos hacían reír cuando éramos niños: “Cacas de santo”, “pedos de monja”, “pelotas de fraile”… El caso es que no había tarta o pastel sin su nombre propio. Lo más asombroso era que lo tuviesen cada una de las muy variadas “pastas de té”, casi indistintas a nuestros ojos siempre voraces: “Matrimonios”, “tejas”, “sables”, “herraduras”, “diplomáticos”, “rusos”, “delirios”, “almendrados”, “barquillos”, “trenzas”, “prusianos”… Si uno vive lo suficiente, le da tiempo de observar cómo hay territorios léxicos que desaparecen progresivamente del habla corriente, a la vez que se pueblan otros que colonizan nuestras necesidades o intereses, cuando no, simplemente, las modas. Ocurre así que la memoria, y no solo la experiencia, acampa y migra a través del diccionario.
07.02.26En la isla de Epstein: “Este vicio de la carne, en todo tiempo, en toda edad, en todo estado tiene sazón, aunque no con razón. ¿Qué os diré en este caso, sino que, pasado el verde de la infancia, desbocados del freno de la razón, heridos con las espuelas de la carne, tocada su trompeta la sensualidad, desapoderados con furioso brío, arremetemos por las jaras y riscos tras una yegua, que en dejarla va poco y en alcanzarla menos? Y después, a mejor librar, queda el cuerpo manco, el juicio enclavado, la razón tropellada y la fama despeñada, y al fin la carne todavía se queda carne. ¿Qué remedio para esto? Yo no hallo otro sino que al fuego muy recio cárguenle de tierra, y allí morirá, y al hombre vicioso métanle en la sepultura, que allí acabará” (fray Antonio de Guevara, Libro áureo de Marco Aurelio, 1528, cap. IX).
09.02.26Ya lo he dicho otras veces: soy bastante fan de Gabriel Rufián como parlamentario. Mucho menos como inquisidor en las comisiones de investigación, en las que demasiadas veces le pierde la sobreactuación de su papel de tribuno de la plebe y fiscal sanguinario. Como sea, está claro que no soy el único admirador que Rufián tiene, pues al parecer causa furor en las redes, lo que no deja de entrañar peligros. ¿Quién puede resistirse a tanto aplauso?
Soy bastante fan de Gabriel Rufián como parlamentario. Mucho menos como inquisidor en las comisiones de investigación
Soy bastante fan de Gabriel Rufián como parlamentario. Mucho menos como inquisidor en las comisiones de investigación
Lo realmente mosqueante, en cualquier caso, es cuando empieza a piropearte un tipo como Arturo Pérez Reverte, quien sorprendió a Pablo Motos, en El Hormiguero, echando unas cuantas flores –bien que a su manera alatristemente condescendiente– al político de ERC. Claro que todos esos piropos empalidecieron cuando Pérez Reverte comparó a Rufián con Cayetana Álvarez de Toledo, de la que dijo que “es tan buena como él”, y a la que aludió llamándola –agárrense– “la Pantera de Hielo”. Así, con toda la boca: “La otra que es tan buena como Rufián es Cayetana Álvarez de Toledo, la Pantera de Hielo, como yo la llamo”, mientras soltaba una risita pícara. Lo único tranquilizador en todo esto es la alarma con que el mismo Reverte, temiéndose de pronto que sus elogios a Rufián pudieran ser malinterpretados, se dirigió a la cámara mientras aclaraba casi espantado: “No digo estar de acuerdo con él, ¡ojo!, ¡ojo!, ¡no, no, no es eso lo que estoy diciendo!”. Ah, bueno.
09.02.26Hay un pasaje de Walter Benjamin que llamó poderosamente mi atención cuando lo leí por primera vez. Se encuentra en su ensayo sobre “El surrealismo” (1929), donde suelta de pronto: “Vivir en una casa de cristal es la virtud revolucionaria par excellence. Es una ebriedad, un exhibicionismo moral que necesitamos mucho. La discreción en los asuntos de la propia existencia ha pasado de virtud aristocrática a ser cada vez más cuestión de pequeños burgueses arribistas”. He dado muchas vueltas a este pasaje sin llegar a conclusiones demasiado satisfactorias. Confieso que mi veneración por Benjamin reprime mi rechazo instintivo a lo que parece sostener de manera tan provocadora. Dejo de lado ahora el contexto polémico en que Benjamin escribió sus palabras. Me atengo a su formulación. Los ideales revolucionarios que prosperaban en los años 20 y 30 del siglo pasado no dejaban de estar transidos de una suerte de puritanismo. Como decía el sociólogo catalán Francesc Núñez en una vieja entrevista que leí en su día con mucho interés, aludiendo a la amplitud de las ventanas en las........
