“Una frontera siempre es política y abstracta”
Como diría Michel de Montaigne, Álex Chico sabe de qué huye pero no sabe adónde va. Eso convierte su obra en una interrogación constante. Qué, quién, cómo, cuándo, dónde o por qué son sus expresiones favoritas. La segunda parte de Los nombres impares (Candaya, 2021) está construida a base de preguntas que no aparecen en el texto, preguntas que los lectores tenemos que imaginarnos y que, sin embargo, se contestan en las páginas del libro. La singularidad de su prosa se debe a que parte de cuestionamientos sobre qué es el lenguaje, qué es la verdad y, muy especialmente, cómo se trasladan esas inseguridades a las páginas de un ensayo o una novela, convertidas en suelo firme, en argumentos inspiradores. A veces, mientras se lee uno cualquiera de los libros de Álex Chico, se tiene la sensación de que sus frases han sido conquistadas y anexionadas del territorio de la realidad al territorio de la ficción, y viceversa. De ahí que su obra no sea ni enteramente ficticia ni enteramente real, más bien enteramente literaria.
Si aceptamos que la ficción da comienzo cuando la realidad entra en un terreno que le es ajeno, la apoteosis de esta premisa sería la literatura de viajes. Ahí es donde comienza el territorio de Álex Chico, porque en adelante lo que lo determina tiene más que ver con la Historia con mayúscula que con su historia con minúscula. Cuando él viaja, no lo hace para que aplaudamos sus movimientos o pensamientos, sino para dejar constancia de que hay territorios que si no se atraviesan pueden convertirse en desiertos. De manera que él, en un solo libro, puede cruzar fronteras en tantas ocasiones como pasa confundirnos o como para hacernos pensar, tal cual sucede en Geografía escrita (Candaya, 2025), su última obra publicada.
Un final para Benjamin Walter (Candaya, 2017) reconstruye el posible final de Walter Benjamin en Portbou al mismo tiempo que construye un nuevo comienzo para la historia europea a partir de esa infamia. Álex Chico siempre reacciona como un heredero de la historia europea, al mismo tiempo que se proyecta como su posible continuador. Continuador de W.G. Sebald, John Berger o Claudio Magris, pero también de Peter Handke, Patrick Modiano u Olga Togarckuk. Hermano, por tanto, de José Carlos Llop, Eduardo Jordá o Marta Rebón, pero también de Geoff Dyer, Esther Kinsky o Joanna Walsh. Todos los que le siguen o a los que sigue son inmigrantes ilegales, gente sin nacionalidad ni pasaporte, sospechosos de introducirse en el terreno de la ficción para infectarla con el virus de la verdad, y sospechosos de introducirse en el terreno de la verdad con el virus de la ficción. Realmente, Álex Chico de lo máximo a lo que podría responder como culpable es del delito de haber convertido la realidad en un territorio abierto a la ficción, para hacer que así la verdad no sea una sino que sea múltiple.
En Los cuerpos partidos (Candaya, 2019) se inspiró en la vida de su abuelo, para trazar un particular mapa de Europa y de su cronología. ¿Hasta qué punto –se preguntaba en aquel libro– quedan españoles o franceses después de las grandes crisis migratorias que marcaron la historia de nuestro continente después de la Segunda Guerra Mundial? Toda su obra se plantea qué queda de nosotros, los europeos, en el mundo en que nos ha tocado vivir, con la herencia que nos ha tocado arrastrar. Álex Chico se reconoce heredero de toda la gran historia universal, al mismo tiempo que se reconoce heredero y guardián de la gran infamia europea desde el Holocausto en adelante.
En el Museo del Holocausto de Washington DC no se entra con entrada sino con pasaporte. Yo allí siempre he sido personas diferentes: Bertha Adler, Aron Dereczynski, Moishe Menyuk o Zalie Waldhorn. He leído sus vidas con detenimiento, siguiendo los pormenores antes de desembocar en las cámaras de gas o en una fosa común después de un fusilamiento masivo. Nunca he conseguido el pasaporte de un superviviente y aun así nunca he tenido miedo porque he sentido que me acompañaban valientes como Álex Chico, con quienes ningún desierto de la historia europea te permite sentir tan solo como para que te preguntes qué es Europa. Gracias a ellos, a sus gestos y a sus libros, la respuesta es posible.
Toda frontera es física, pero lo que genera siempre es emocional
Toda frontera es física, pero lo que genera siempre es emocional
La obra The Loop, de Francis Alÿs, dio comienzo cuando en 1997 lo invitaron a ir desde su residencia en Tijuana (en México) a San Diego (en Estados Unidos). Los organizadores de inSITE, una de las ferias de arte más importantes de aquella parte del mundo, querían contar con él aquel año. Aceptó, pero decidió complicarse la vida con un itinerario de vuelos que lo obligó a invertir veintinueve días y pasar por tres continentes antes de llegar. Hizo escalas en México DF, Ciudad de Panamá, Santiago de Chile, Auckland, Sydney, Singapur, Bangkok, Rangún, Hong Kong, Shanghai, Seúl, Anchorage, Vancouver y Los Ángeles, cuando lo más lógico a primera vista habría sido cruzar la frontera en coche porque así habría llegado a su destino en menos de una hora. Sus rodeos, sin embargo, tenían como objetivo evitar la línea divisoria entre México y Estados Unidos, atravesada legal e ilegalmente en un flujo tan constante que a veces se confunden ambos términos, permitiendo que esa confusión sea aprovechada por los estadounidenses para justificar su vejatoria desconfianza hacia los extranjeros que pretenden entrar en su país a través de ese paso fronterizo aunque a los ocupantes de los vehículos que van en sentido contrario, hacia Tijuana, no les piden que muestren sus pasaportes. ¿Qué frontera se te resistió más o a qué fronteras te resistes más? ¿Por qué?
Te respondo con otra pregunta: ¿por qué alguien, en un momento de su vida, decide escribir sobre fronteras o emplea constantemente en sus textos un emplazamiento como ese? Cuando esto ocurre y uno es consciente, te cuestionas de dónde viene la inclinación por ese lugar. Entonces te das cuenta de que tu vida ha estado plagada de puntos limítrofes y de líneas divisorias. Y empiezas a interesarte por autores o artistas que hayan tratado ese tema. De manera que llega un momento en que todo lo que te rodea tiene la marca de la frontera. Y cualquier territorio como este siempre es un punto conflictivo, porque, si no, no necesitaría establecer líneas divisorias, separaciones o aislamiento. Dicho esto, me cuesta elegir una frontera concreta en donde identifique más resistencias que en otra. Tratar de singularizar una sería tan difícil como explicar por qué somos como somos. Es decir, es un asunto que aborda nuestra existencia, no solo la propia, sino la de nuestros antepasados. Con todo, puedo decir, buceando en la memoria, que una de mis primeras fronteras, la que marca mi predilección por esta geografía, se remonta a la infancia, como casi todo lo que tiene importancia en nosotros, porque nos deja siempre una huella imborrable. Una frontera que me hizo sentir desplazado porque mi ciudad de nacimiento no coincidía con la ciudad que habitaba. Era un placentino que vivía en Barcelona y que no se sentía ni de un lado ni de otro. Conservo otra frontera aún más sutil: el residir en un barrio de las afueras e ir a un colegio en el centro de la ciudad. Acudía cada día a estudiar en un lugar y sin embargo, a media tarde, debía volver a los márgenes, quedándome sin poder continuar jugando con los compañeros de escuela en una casa cercana o en una pista de fútbol de la zona. Toda frontera es física, pero lo que genera siempre es emocional. No sé si esa frontera es la que más se me resistió. Lo que sí sé es que funcionó como una manera de ver, entender y juzgar el mundo.
Las fronteras que nos dividen no solo son terrestres, políticas, militares y religiosas, sino también sociales, laborales, generacionales o lingüísticas. ¿Cuáles dirías que son las más importantes en nuestros días?
Para que exista una frontera tiene que haber personas a las que quieras separar o dividir. Acciona un mundo de expatriados, emigrados o exiliados. Todos ellos son conceptos físicos y simbólicos al mismo tiempo. Y es ahí, en la carga metafórica y emocional, donde se encuentra la última frontera, la más complicada, porque sucede en nuestro propio interior. La que nos afecta, la que nos entristece y la que nos frustra. Una frontera siempre es política y abstracta, sea militar, religiosa o nacionalista, pero lo que provoca es sentimental y tangible, porque te hace ser consciente del verdadero espacio que ocupas en el mundo. Por eso las fronteras sociales, generacionales o lingüísticas son las más difíciles de combatir. Uno no es consciente de que vive en otro país hasta que no puede comunicarse en su propia lengua, cuando no puede bromear con la misma soltura, cuando pierde la capacidad de ironizar porque carece de la fluidez de su propio idioma. Esto es lo que te cambia el carácter, lo que te agria tu forma de ser, cuando descubres que en el presente ya no puedes desplegar todo lo que has sido y te hubiera gustado seguir siendo. Las fronteras, en ocasiones, nos convierten en personas que no deseamos. Nos aíslan de tal modo que ese ensimismamiento que nos producen también nos separa de nosotros mismos, como si viéramos en el espejo a una persona que no queremos ser. Por eso digo que una frontera comienza siendo física para terminar siendo emocional. Ese es su gran triunfo, como sucede con la censura. El triunfo de la censura, su última estación, por llamarlo de algún modo, es no necesitar que alguien desde fuera te prohíba decir lo que piensas, sino que seas tú mismo el que se calle, sin que nadie te imponga el silencio.
Uno de los asuntos más preocupantes que libramos es el conflicto que nos genera el pasado, porque el pasado en muchas ocasiones lleva aparejada la culpa
Uno de los asuntos más preocupantes que libramos es el conflicto que nos genera el pasado, porque el pasado en muchas ocasiones lleva aparejada la culpa
A estas alturas, apenas empezado el siglo XXI, nos hemos dado cuenta de que vivimos en una era a la que los expertos denominan Antropoceno porque en ella los seres humanos nos hemos convertido en su centro, pero también en su desastre. El planeta nunca había sido sometido como ahora a un tipo de esclavitud como el que tiene con nosotros. Nunca antes, de hecho, había habido una sensación de agotamiento como la que algunas personas experimentamos en este momento. Le pedimos al planeta más de lo que puede ofrecer, le extirpamos más de lo que necesitamos, lo agotamos. Mientras las posturas se dividen entre quienes predicen un futuro poco halagüeño y quienes lo cuestionan, nos movemos sin saber hacia dónde, dejándonos llevar en muchos casos por el cansancio, la pasividad y el turismo de masas. Por eso hace falta preguntarnos qué es viajar, para qué, adónde. Así pues, ¿qué es viajar para ti? ¿Para qué viajas? ¿Adónde sueles hacerlo?
Esa es la terrible enseñanza que nos deja una época de presentismo absoluto, en el que el pensamiento actual juzga y sentencia el pasado con una actitud engreída y soberbia, como si el pasado nunca estuviera a nuestra altura. Esta actitud, si te fijas bien, destruye la necesidad de ser educados o que alguien nos enseñe, porque dejarse enseñar significa escuchar lo que han aprendido otros antes que tú. Por eso vivimos en una época de antiintelectualismo, en donde la gente se llega a ofender cuando tú le intentas explicar o enseñar algo. Soy profesor de instituto y sé de lo que hablo. Si no aprendemos del pasado, si tendemos a la desmemoria o el olvido, no vamos a tomarnos en serio la agresión a la que estamos sometiendo a la naturaleza, por ejemplo. Si no aprendemos de nuestra propia historia, cómo vamos a tratar mejor a quienes nos rodean. Eso mismo ocurre en el lado contrario, sucede en quien idealiza el pasado, tergiversándolo para acomodarlo a su presente. Es un pasado hecho a la medida de los caprichos del presente. Por eso creo que uno de los asuntos más preocupantes que libramos los seres humanos es el conflicto que nos genera el pasado, porque el pasado en muchas ocasiones lleva aparejada la culpa. Y ese es, creo, uno de los problemas más acuciantes al que nos enfrentamos: el modo en que gestionamos la culpa que todos cargamos a nuestras espaldas. Por otro lado, el presentismo en el que vivimos es una mezcla de hedonismo y barbarie. Eso es terrible. En cierta forma, creo que vivimos un momento de dictadura de la inmediatez, una inmediatez que además ha de ser expuesta, exhibida, porque si no, no computa. No consta. No existe. Esta actitud acelerada pierde la pausa de la reflexión y del pensamiento. En los viajes organizados, turísticos, esto se ve bien: mil lugares en un día, con centenares de datos a cada instante, que luego confundimos u olvidamos con facilidad. Lugares visitados que uno tacha, sin voluntad de incorporarlos en nuestro interior. Y que acumulamos para demostrarles a los otros que se han hecho. Si te fijas, es lo mismo que comentó una vez Alejandro Dolina, aquello de que la gente no quiere leer, sino haber leído. Tanto da que recuerden o no esos viajes y libros. Por eso sé que los mejores viajes a veces no necesitan desplazamiento físico, sino intelectual. De alguna manera, hoy un viajero inmóvil se ha convertido en un resistente, en un revolucionario. Eso son los viajeros y los viajes que me interesan, los que me desplazan en mi propio interior. Una visita a Portbou, por ejemplo, o a una encina perdida a las afueras de un pueblo del interior de Catalunya o, en fin, un cementerio alemán en Yuste, con 180 tumbas de soldados alemanes de la primera y segunda guerra mundial..., ese es el tipo de espacios que más me motiva buscar cuando viajo.
Ya quedan pocas ciudades europeas que nos convenzan de algo, de ser especiales con sus museos, catedrales y monumentos asediados por la globalización, en forma de McDonald's, Starbucks, Zaras, Bershkas o escape rooms. Casi todas comienzan a parecerse demasiado pese a sus esfuerzos por parecer diferentes. Al fin y al cabo, unas y otras quieren lo mismo: nuestro dinero a cambio de atracciones sin muchas sorpresas, para que en el fondo nos sintamos en un entorno cómodo, familiar. ¿Dirías que eso que les sucede a las ciudades europeas comienza a ser un mal endémico que ya afecta a las ciudades de África, Asia o Latinoamérica?
Eso mismo pensaba el otro día, mientras paseaba por Barcelona. El turismo de masas busca lo excepcional con el fin de integrarlo en una homogeneidad global. Ahí está la paradoja y la perversión de algunos viajes. Buscar lo diferente, lo excepcional de cada ciudad, sin tener la sensación de que salimos de un lugar intercambiable, homogéneo y sobre todo seguro. “Una ciudad es todas las ciudades”, escribió Álvaro Valverde. Tiene razón. Desde un ángulo poético ese es un verso cargado de emoción y de clarividencia. Pero desde un punto de vista capitalista es una realidad que nos amenaza. Eso no lo he sentido viajando por Latinoamérica o por algunos territorios africanos. En Quito o en Valparaíso me veo viviendo porque tengo la sensación de que hay algo por hacer allí y que yo podría ser una de las personas que se encargaran de hacerlo. Esto no me ha sucedido tanto en las ciudades europeas que he visitado. Sin embargo, tampoco me quiero llevar a engaño. Simplemente conozco más esas ciudades y me cuesta encontrar especificidad en ellas. Piensas que lo extraño está siempre en otra parte. Lo que es un error también, porque nuestro propio barrio está lleno de rincones únicos en donde siempre ha sucedido un pedazo de vida que merece la pena ser contado.
Durante mucho tiempo he pensado que la ficción salvaba y la realidad mataba. Ahora no lo tengo tan claro
Durante mucho tiempo he pensado que la ficción salvaba y la realidad mataba. Ahora no lo tengo tan claro
Aspiramos a que la ficción acabe compensándonos por las limitaciones e inconsistencias de la realidad, a sacarnos del mapa e introducirnos en un relato con algo de épica y sentido. ¿Podrían entenderse los viajes hoy en día como un plano ficticio al que podemos apelar cuando el plano real de nuestras vidas colapsa o resulta insatisfactorio?
Es curioso: buscamos un mapa que nos saque de nuestro propio mapa. Así entiendo el viaje, sin ninguna duda. Y así entiendo la escritura. En ambos casos buscamos el desplazamiento, el ser otro para entender un poco mejor por qué somos como somos o qué hay en otra ciudad que apele a la nuestra. Viajamos para reconocer. Y viajamos porque la vida, por sí sola, no basta. Sin embargo, te diré algo más. Durante mucho tiempo he pensado que la ficción salvaba y la realidad, por el contrario, mataba. Ahora no lo tengo tan claro, porque la realidad es mucho más inapelable. Y la ficción puede acabar generando monstruos que limitan mucho más la realidad y, por tanto, nos pueden resultar más amenazantes. La clave del viaje, de la escritura, es encontrar algo que, si bien parece novedoso, parece que lleve allí toda la vida. Más que ficcionalizar, lo que me interesa es llenar la realidad de hipótesis y conjeturas que amplíen nuestro mundo. Más que el “érase una vez” me interesa más la construcción “y si”.
Las imágenes no son pruebas, son más bien evidencias. En lugar de convertirnos en espectadores, deben convertirnos en detectives. Por desgracia, han acabado convirtiéndose en la realidad, en la prueba irrefutable de nuestra existencia mientras nos abrazamos a nuestros amigos con cara de estárnoslo pasando estupendamente o de viaje por las islas griegas, cuando en el fondo la mayoría de la gente se siente triste, incomprendida, a la deriva y sola. A veces da la sensación de que estuviésemos utilizando las imágenes para borrar con ellas nuestras vidas y rehacerlas, sin darnos cuenta de que esas imágenes no son reales, tan solo una transitoria posibilidad que se pierde como “lágrimas en la lluvia”. En tu obra a menudo colocas al lector ante imágenes perdidas, olvidadas o malinterpretadas, ¿qué quieres proponer con ellas: un nuevo comienzo a nuestro futuro, a partir de una nueva conciencia del presente y del pasado?
Fachada compensatoria. Ese es el término que se emplea en psicología, creo, para definir ese tipo de actitudes en donde la corteza intenta compensar una carencia interior. Esto siempre ha existido. Lo que ocurre es que las redes sociales lo han multiplicado. Al final lo que monetiza son los sentimientos extremos: la felicidad, el odio, la violencia. Todo de una emotividad hiperbolizada. Lo intermedio no atrae, por eso el matiz es una de las cosas más penalizadas en el presente. Cuando viajo y escribo, es decir, cuando me fijo en determinados lugares, siempre son territorios intermedios, nunca rotundos. Son espacios a explorar, geografías a medio camino entre la invención y la realidad, solitarias, pero llenas de voces. Lugares, en fin, que funcionan como un aleph en el que se convocan todas las vistas previas, porque muchos emplazamientos están sucios de miradas del pasado. No geografías evidentes, como esas ideologías incuestionables que varían según quien las profese. Los lugares y las personas que más me interesan nunca son ejemplares.
Cuando leí Crónicas de motel, de Sam Shepard, lo experimenté como un terremoto que te sacude por dentro. Era un tipo de literatura de viajes que no había leído jamás y que luego encontré en John Berger. Me dije a mí mismo que algún día, si tenía la fuerza y el talento necesarios, me gustaría escribir algo así, un relato cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Para conseguirlo, no obstante, era consciente de que tenía que irme a descubrir el mundo. Por supuesto, además de Shepard y Berger podría mencionar a W.G. Sebald o Ryszard Kapuscinski. ¿Quiénes fueron tus mentores, tus guías para el tipo de viajero que querías ser tú?
Es maravillosa esa frase y ese intento: escribir un relato cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. El autor que me enseñó a mirar de esa forma y, en consecuencia, guio mi manera de escribir fue W.G. Sebald. Lo leí por primera vez en Berlín. Conseguí un libro suyo en una pequeña librería que vende libros en castellano y que se llama, si no recuerdo mal, Rayuela (no sé si aún existe). Allí me encontré con Los emigrados, que me sacudió y me provocó el mismo efecto que a ti Berger o Shepard: yo también quería escribir algo así. Suelo decir algo que, tal vez, suene presuntuoso: trato de dar forma al libro que hubieran escrito Sebald y Patrick Modiano si se hubieran propuesto hacer algo juntos.
La sociedad de consumo tolera y provoca leves seísmos para que prioricemos seguridad por encima de libertad
La sociedad de consumo tolera y provoca leves seísmos para que prioricemos seguridad por encima de libertad
Ryszard Kapuściński establecía la diferencia entre los antiguos viajes y los modernos en la omisión del trayecto que caracterizaba a estos últimos. Según él, antes quienes se desplazaban de un sitio a otro, experimentaban cambios de temperatura y orografía, el día y la noche, los meses del año, las estaciones; escuchaban idiomas extraños de los que a veces conseguían aprender lo suficiente para comunicarse; adaptaban su dieta a cuanto el entorno estaba dispuesto a proveer, o encontraban nuevas fisionomías, vestimentas y costumbres ante las cuales la lentitud de su desplazamiento les permitía aclimatarse, mimetizarse incluso, operándose en ellos profundos cambios antes de haber llegado a su destino. Esa transformación les ayudaba a no sufrir shocks culturales, a aceptar y en la mayoría de las ocasiones a ser aceptados mientras sus intenciones fueran estrictamente viajeras y no colonizadoras. Todos esos trámites, sin embargo, fueron desapareciendo a una velocidad vertiginosa a lo largo del siglo XX, con los trasatlánticos, el ferrocarril y los automóviles, perdidos ahora en vuelos low cost o transoceánicos de varias horas para atravesar el mundo con la sensación de que el mundo no nos atraviesa a nosotros. Recuperar esos trámites, esa lentitud, ese esfuerzo, esa transformación interior y exterior, podría ayudar a las imágenes a recuperar cierto estatus.
Volvemos a lo que decía antes: hemos perdido o desatendido el paso previo, el pensar que un viaje comenzaba justo en el momento que se planea o se imagina. Todo eso también forma parte del viaje. Walter Benjamin nos enseñó a no perder de vista las capas previas que encierran algo valioso bajo la tierra. En cierta forma, la narración que nos hace únicos está ahí, en esas esferas que vamos descubriendo mientras nos acercábamos a lo que andábamos buscando. Por otra parte, si hay lugares que se han homogeneizado, también se ha creado un tipo de viajero similar, una clase de turista que busca lo mismo y, si no lo encuentra, entra en conflicto con el territorio que visita. Supongo que eso es consecuencia de la sociedad de consumo tan radical en la que nos encontramos. Una sociedad de consumo que tolera y provoca leves seísmos para que prioricemos seguridad por encima de libertad. No quiero sonar nostálgico ni pesimista, porque en la actualidad hay mil formas de recorrer un territorio, pero me inquieta esa uniformidad en la que vivimos. Nunca hubiera imaginado que la disidencia, a día de hoy, pudiera llegar a ser una actitud tan revolucionaria. Entiendo el reduccionismo y la simplificación como una forma de barbarie. Quizá esta sea una de nuestras batallas culturales a las que más debemos enfrentarnos en nuestro presente.
La periferia estaba en un lugar que se iba quedando sin habitantes año tras año desde que desaparecieron las fronteras
La periferia estaba en un lugar que se iba quedando sin habitantes año tras año desde que desaparecieron las fronteras
Cuando Robert Hughes dibujaba el paisaje cultural de Australia en sus primeras críticas de arte, notó enseguida la ausencia de picassos o kandinskis en los museos de su país, obras que solo conocía a través de catálogos, diapositivas y postales. Todo lo que él podía proponer en principio le resultó provinciano, pero con el tiempo se dio cuenta de que el arte australiano podía ser una nota a pie de página a la historia del arte universal, algo que, aun sin poseer los atributos necesarios para amplificar los discursos estéticos más importantes, inscritos en su centro, al menos podía ensanchar sus periferias. Y la periferia es siempre una posibilidad, un desvío hacia donde podemos dirigirnos si el centro nos hastía o si su discurso se desgasta. Aunque Un final para Benjamin Walter partía de uno de los pensadores más originales de la modernidad y uno de los más influyentes entre los viajeros de finales del siglo XX y comienzos del XXI, el resto de tus obras se repliega hacia las periferias: la historia de tu abuelo o la de un oscuro poeta.
Incluso, si lo piensas, en Un final para Benjamin Walter, porque ese libro es el resultado de una imposibilidad o de un fracaso: mi intento ridículo de ser el escritor de novela negra que nunca he sido. Fui a Portbou con la intención de construir una trama que tuviera como protagonista a Walter Benjamin y su muerte, aún sin aclarar del todo. Sin embargo, yo no soy ese tipo de escritor. Me falta mucha imaginación cuando escribo. Lo que sí tengo es intuición. Esa intuición es lo que me hizo asumir una frase de T. S. Eliot, cuando dijo aquello de que la poesía es sacarle partido a una mala situación. La mala situación desde la que partía se fue diluyendo en el momento que cambié de enfoque. Ese nuevo prisma me llevó también a la periferia de la que hablas, porque me di cuenta de que la historia que yo podía narrar tenía que ver con Walter Benjamin, sí, pero el protagonista, por llamarlo de algún modo, era el pueblo donde murió. La periferia estaba en un lugar que se iba quedando sin habitantes año tras año desde que desaparecieron las fronteras. La periferia estaba en la vida de sus habitantes y en el paisaje que los acompañaba. Quizá me dirija siempre hacia esos emplazamientos o personas porque también yo me siento al margen de muchos centros. Por eso me interesan tanto esas historias sin épica que todos atesoramos y que, sin nuestro oído, quedarían silenciadas para siempre.
Cuando en Nostalgia del futuro narro mis aventuras en el interior de diferentes casas donde he vivido a lo largo de mi vida, en realidad estoy traduciendo el lenguaje cinematográfico de Chantal Akerman a mi propio lenguaje como escritor. Hay cineastas con quienes no tenemos una relación de admiración o rechazo, a quienes no nos conformamos con admirar u odiar, porque con ellos nuestros lazos son más bien de hermandad, como si viésemos en sus obras una parte de nosotros mismos que pugna por expresarse y no encuentra la manera de hacerlo. Mi relación con Chantal Akerman es más o menos así, una relación de hermandad. Sus películas para mí no son mejores ni peores, sus películas son mi familia. Todos los conflictos que narran, sobre la identidad y sobre el aislamiento, me definen en el sentido en que yo mismo me veo intentando solucionarlos, un poco como hizo ella: viajando sin descanso, explorando la intimidad y articulando su extraño y elusivo lenguaje, sin miedo a parecer un friki o un exhibicionista ante los demás. Sobre eso mismo trata también mi libro: sobre buscar imágenes que, más allá de decir, nos digan. Para ello hay que tener una mezcla de humildad y determinación bastante paradójica, arriesgarse a provocar la risa o el escarnio, mezclar lenguajes, ser al mismo tiempo científico y personal, sin miedo al cortocircuito que se pueda producir, buscando siempre un equilibrio desde donde ver, pensar, hablar y actuar sean parte de la misma cosa. En eso consiste el libro: en devolver el cine a un terreno donde ver, pensar, hablar y actuar sean parte de la misma cosa. ¿Cuál es tu relación con el cine? Me refiero a ¿de qué manera el cine dicta u organiza una buena parte de tu discurso literario?
Puedo ir más o menos al cine, puedo ver más o menos películas, pero lo que sé es que nunca he dejado de sentir una verdadera pasión por él. No hay otro modo de narrar, si exceptuamos la música, que más haya generado en mí todo tipo de emociones. La capacidad de evocación que encuentro en él me sitúa en el mundo, le da sentido, porque me hace sentir partícipe de algo mucho más grande. Además, el cine es el género que más he pretendido emular en la vida real. Desde la infancia, diseñando un cuaderno lleno de mapas y rutas, al estilo del que llevaba Indiana Jones, o buscando amigos que quisieran seguir una aventura similar a la que vivieron los Goonies. Y algo más tarde llegaron los directores que mejores momentos me han hecho pasar: Woody Allen, François Truffaut, Billy Wilder… Es increíble cómo logra trasportarte el cine, cómo conecta tu pequeño mundo con un universo inalcanzable que, durante unas horas, te cabe en la palma de una mano. A veces no soy consciente de lo que ha llegado a influirme. Literariamente, por supuesto. Pero sobre todo en mi día a día, en mi forma de actuar, como si lo que veo y lo que digo formara parte de una película constante.
Partes, al menos en Geografía escrita, del concepto de que un libro de viajes siempre implica un regreso. Así, el viaje siempre se escribe en retrospectiva. ¿Podría escribirse un viaje de cara al futuro, planteándose qué pueda pasarnos y no conformarse con lo que nos ha pasado?
A ese viaje se le llama escritura, porque eso significa para mí escribir: anticiparme a lo que va a venir para saber cómo debo actuar si lo que temo me acaba pasando. En ocasiones, uno escribe sobre la forma en que desaparecerá del mundo. Y lo interesante es que ese mensaje está ahí, en nuestros textos, solo que, entre una línea y otra, escondido. Escribimos sobre ese viaje futuro para tratar de explicarle al yo que vendrá cómo debemos relacionarnos con gente a la que aún no conocemos, pero que de alguna forma estamos convocando. Pase lo que pase, nuestro futuro siempre condensará nuestro pasado, porque no podemos librarnos nunca de nuestra herencia, biológica, física, política o emocional. La escritura convoca esos tres tiempos: utilizamos el pasado para comprender un futuro al que siempre observaremos desde el presente.
