Un asedio en verano
Con unos guantes de goma dura, como los usados para fregar, apartaba los huevos podridos, negros con vetas amarillas; el papel sanitario doblado con pudor para que no se notaran las manchas marrones; hojas del periódico Granma, coloreadas de roja por la sangre condensada del pedazo de carne que envolvieron, donde aún se podía leer la nota informativa de las últimas sanciones del gobierno estadounidense contra Cuba.
La señora separaba la basura con sumo cuidado. Empleaba solo el canto de la mano para contaminar el guante lo menos posible. Cuando encuentra algún objeto interesante, lo agarra entre el pulgar y el índice y lo levanta para contemplarlo contra la luz del día. Ahora valora un control remoto, destripado de baterías, y yo la analizo a ella.
Viste un sombrero de ala ancha, inclinado sobre la frente; una camisa azul de cuadros, con los botones cerrados hasta las mangas, para protegerse del violento sol. Respira con dificultad por este calor criminal de guerra. Lo noto en la rápida forma en que se tensa y luego se deshincha el nasobuco.
Con toda esa indumentaria, se vuelve complejo identificarla. Sin embargo, en la franja de rostro no cubierta se perciben ajados surcos alrededor de los ojos por donde se desliza el sudor como el cauce de un río; filas de arrugas en la frente, y un ceño fruncido. La señora debe tener unos setenta años.
No resulta extraño hallar en los últimos tiempos en Cuba a “buzos”, sujetos sumergidos en los vertederos
No resulta extraño hallar en los últimos tiempos en Cuba a “buzos”, sujetos sumergidos en los vertederos
No resulta extraño hallar en los últimos tiempos en Cuba a “buzos”, sujetos sumergidos en los vertederos con esa máxima japonesa de que la basura de uno constituye el tesoro del otro. Cuando tropiezo con dicho fenómeno siempre me da un pequeño dolor, aquí, en el lado izquierdo de la humanidad. Ante la alta ocurrencia del hecho, uno no se acostumbra, pero sí lo entiende como parte de una triste cotidianidad.
De la señora me sorprendió que, incluso, arrastrada a hurgar en la sombra del prójimo, tratara de no perder su dignidad; como si el trabajo más aberrante conllevara un mínimo respeto por uno mismo y la labor en sí. También me hizo preguntarme si toda esa ropa, además de cuidar la higiene, no sería también para no ser reconocida ¿Intentaría escapar del ojo público?
Ella tal vez arribe a su casa con su saco repleto de artículos desechados. Tome una larga ducha; quizás no larga ni ducha, pero sí cargue agua en cubos y con un jarrito se la eche encima y así se purifique de sudores y hedores. Luego, con una bata de dormir, se acomode en el portal a darse sillón para esperar la llegada de la corriente. Con cada balanceo del mueble olvidará un poco la jornada.
Colocó el control remoto en donde estaba. Siguió en su búsqueda y cuando levanta........
