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Sobre los agujeros

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wednesday

En el año 2000 fui a trabajar a Argentina por unos días. Pero, en el tiempo que el avión empleó en llegar hasta allá, Argentina colapsó. Es espectacular ver un colapso. No hay dinero. Ni los bancos ni los cajeros lo ofrecen. El consulado te informaba, de repente, que en una esquina determinada había un cajero que, durante media hora, dispensaría algo de moneda y, en ocasiones, eso era cierto. Por lo demás, era imposible comprar nada, por lo que la adquisición de productos oscilaba entre los dos extremos humanos que suponen la bondad –aceptar tu palabra como pago, de manera que, cuando obtuvieras dinero, solucionaras esa deuda, más de honor que material– y la maldad –la pura usura, el abuso–. Es curioso, pero esos dos extremos parecían convivir, sin primacía de ninguno de ellos. Los colapsos, las situaciones radicales, imprevistas y que suponen un replanteamiento de los posicionamientos éticos, no cambian, en fin, a nadie que no haya cambiado antes. Lo más espectacular era que toda esa interrupción dramática de la realidad que veía, algo único, singular, hipnotizante, no era mi primera vez, sino que suponía la vivencia de mi segundo colapso. Había visto el colapso de otro sistema económico unos diez años antes, en el entonces bloque comunista. En aquella ocasión había dinero en circulación, mucho. Eran esos billetes del Este gastados, sucios, malolientes, que siempre aparecían a puñados. Pero no servían para nada, pues lo que no había eran productos. El mercado negro, siempre presente, afloró entonces y se volvió oficial. Lo que demuestra, ahora que lo pienso, que el mercado, todo lo que vemos y vivimos desde hace siglos, es negro y, a la vez, oficial, y que oficializarlo, como quedaba patente en aquel colapso, fue un ejercicio de violencia fabuloso y sostenido, que hemos olvidado. Ir al mercado, en aquellos países y en aquel momento, era una experiencia casi onírica. Consistía en una calle, una plaza, densamente tapizada de personas vendiendo lo que tenían. Recuerdo a un hombre, con los dos brazos en el aire, aguantando una naranja y un tomate, a la venta. Él era la tienda, el expositor, la caja, casi era el producto. Contemplarle, hierático, mirando fijamente, con expresión blanca, un horizonte lejano que no existía, era una visión de algo indigno, humillante, solo solventado por la expresión de integridad de ese hombre, que pugnaba, desde cierto decoro y una vez perdido todo, por llevar algo de proteínas a casa. Había infinitud de personas que exhibían así sus productos, que consistían en tan solo una, dos, tres unidades de algo. Lo que sobra en una nevera que ya ha sido vaciada. Todo el mundo vendía algo. Salvo las ancianas, las personas más empobrecidas, que aparentemente no vendían nada, hasta que descubrías que vendían una o dos bolsas de plástico que poseían –un producto no muy habitual y que, se supone, habían guardado por años–, para que el comprador transportara todo lo que había adquirido en el mercado. No sé por qué estoy escribiendo todo esto. Simplemente, al empezar, quería hablar de algo que me explicó Diego, mi primo de Buenos Aires, durante el colapso. Siempre discreto, poco dado al histrionismo, Diego no me explicó, en aquellos días, nada escabroso. Tan solo un día me explicó que, desde hacía meses, la ropa de algodón se deshacía en la lavadora. La metías intacta y salía gastada. Sin duda era consecuencia de la importación, desde Asia, de una nueva calidad de algodón, más barata y en el extremo de lo funcional. El desgaste era tan notorio que culminaba, rápidamente, en agujeros. De hecho, me fijé entonces, la ropa de mi primo presentaba, a la que te fijabas, algún agujero, minúsculo, discreto. Durante los días que duró mi trabajo y mi desplazamiento, vi esos agujeros pequeños en casi todos mis interlocutores. Eran un jeroglífico, un mensaje. Tal vez decían que, si colapsó el comunismo, no tenía por qué no colapsar el capitalismo. Una vez visto un colapso, al menos, comprendes que son tan posibles e imparables como una catarata o un trueno.

En todo caso, hoy me he metido las manos en los bolsillos. Meterse las manos en los bolsillos es, tal vez, una de las posturas más humanas. Es inhumano no hacerlo. No hacerlo solo conduce a posturas forzadas y extrañas, ajenas a nosotros. Por ejemplo, levantar las manos y exhibir un tomate y una naranja. Es tan natural llevarse las manos a los bolsillos que cuesta imaginar, por eso mismo, la historia de miles y miles de años sin bolsillos. Pues bien, he metido las manos en los bolsillos y he notado, con terror, que estaban erosionados, gastados, de manera que estaban repletos, sorpresivamente, de agujeros, en absoluto pequeños. Aún con la médula gélida por la impresión, he visto en esa misma calle una anciana en pie, pidiendo dinero, con la humildad y el orgullo de quien vende una bolsa inútil.


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