“Aunque sea en casa con los amigos, siempre tocaré la guitarra”
Para quien paseara por la Granada de finales de los cincuenta, José Carmona, hoy Pepe Habichuela (1944), era uno de esos niños remolones que aún se ven a la vera de algún adulto en los talleres familiares o en los puestos de los mercados. Hasta los 14 años, el genio de la guitarra se dedicó a aprender el arte de la taracea junto a su tío. Pero él tenía la sangre contagiada por otra forma de sacarle brillo a la madera. Su abuelo, Habichuela el Viejo, al que él llamaba abuelo Ico, se buscaba la vida por las tabernas, guitarra en mano, junto a su tía Marina Habichuela. “Eran los años veinte o treinta y había que buscarse las habichuelas”, cuenta el tocaor. Su padre, José Carmona, siguió el ejemplo y recorrió la ciudad de la Alhambra con sus hijos haciendo música para sobrevivir.
Un día, con una de las herramientas de la taracea, Pepe se apuñaló un dedo y, como él recuerda, vio claro que ese trabajo no era lo suyo y se fue corriendo, directamente a tocar al Sacromonte. La huida continúa hoy. No obstante, Pepe Habichuela tañe la guitarra con una concentración de artesano, apenas retira la mirada del mástil y de los trastes, vigila con meticulosidad que cada dedo aplique la pulsación exacta; y, a la vez, parece que intenta desentrañar el misterio que él mismo provoca.
Su carrera ha dejado maravillas como A Mandeli (1983), Yerbagüena (2001) o Despegando (1977), junto a Enrique Morente. El sonido que destiló su conjunción con Morente fue único en el flamenco, era el equivalente musical de una imagen: la visión de una línea de campo, a lo lejos y brillando, desde la ventana de un edifico alto de una ciudad. Era evocación y modernidad.
¿Cómo era la vida de la Granada de su niñez y su adolescencia?
En aquella época íbamos a buscar la vida por las tabernas mi padre, mi hermano Luis y yo. Luis cantaba y yo tocaba. Nos daban dos duros, cinco duros. Eran unas vivencias muy extrañas, muy raras, pero al mismo tiempo nos ha enseñado la vida, es la esencia de la vida. La escuela era la calle, eso es lo que hemos vivido nosotros. Yo casi no fui a la escuela, estuve dos o tres meses: aprendí a firmar y dos-por-dos-cuatro y salí corriendo. Me fui.
No es que le gustara mucho, ¿no?
No, no, yo prefería tocar. Yo decía qué hago en la escuela si no hay para comer, qué hago yo en la escuela si no había garbanzos ni había papas ni había nada.
¿Y cómo es que no empezó directamente con la guitarra y aprendió taracea?
Yo tocaba un poquito, pero como no había curro ni nada, entonces me metí con mi tío. Pero no hay mal que por bien no venga: me pegué la puñalada en el dedo y me fui a dedicarme a la guitarra.
¿Quién le guió en los primeros pasos?
Mi padre fue el que me puso la guitarra en la mano. Otro vecino mío, El Chispita, muy buen guitarrista, también me enseñaba algunos acordes. A la vez, aprendí mucho de mi hermano. Yo chupaba de todo el que se ponía por delante. Yo era un crío y me daba ilusión tocar en Sacromonte, y tocara bien o........
