Diego Carcedo
Hubo un tiempo no tan lejano en que veías y escuchabas a un señor contándote en televisión lo que pasaba en un país extranjero, todo ... ello con el rótulo que lo presentaba como 'corresponsal', y te creías lo que decía. El individuo en cuestión eran los ojos y los oídos de los espectadores en el mundo y gracias a los corresponsales podíamos entender un poco mejor lo que estaba sucediendo.
Diego Carcedo, fallecido el pasado fin de semana, era uno de esos periodistas. Recuerdo su voz y su estampa relatando lo que pasaba en Portugal, que transitó de la dictadura a la democracia con una revolución pacífica, y también desde Estados Unidos. Después se convirtió en un importante directivo de RTVE y la última vez que lo saludé fue en Madrid, en uno de los encuentros con invitados de muy diverso signo que organizaba la Asociación de Periodistas Europeos.
Su etapa en Lisboa fue crucial para el país luso pero también en gran medida lo fue para España. Buena parte de la oposición al régimen franquista residía en Portugal, como también en Francia, de manera que si la revolución hacia la democracia que se produjo en tierras lusas acababa bien, había más motivos para pensar en una transición pacífica hacia la democracia en España. Y allí, como espectador y notario de privilegio, estaba Diego Carcedo, que nos ayudó a entender aquel proceso, como siempre desde sus tribunas se esforzó por la pedagogía y la mesura a la hora de responder a dos preguntas de gran interés periodístico: por qué pasan las cosas y qué consecuencias podemos esperar.
No me abono a la tesis de que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque no es así, pero es evidente que el periodismo de antaño no tenía que combatir fenómenos tan preocupantes como los de ahora, con la polarización y la desinformación como máximos exponentes. Ahora los corresponsales, como los periodistas en general, tienen que ir por delante con un carnet que deje claro que ellos no forman parte del ejército de propagandistas de la mentira, esos a los que se ha llegado a acreditar en el Congreso de los Diputados para que campen a sus anchas. O esos que suben a la tribuna de la portavocía de la Casa Blanca, de manera que el mal es doble: la mentira se instala en quien tiene el poder y la mentira también corre por los pasillos reservados a quienes antaño eran sinónimo de verdad.
Como columnista que fue de esta casa, echaremos de menos a Diego Carcedo. Como espectador que lo recordaba en el 'Telediario', lo mismo.
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