Nos molesta la pluma o quizá el armario que todavía llevamos dentro
Todavía hay personas que bajan la voz cuando hablan de un hijo gay.
Todavía hay quienes se preguntan si es el momento adecuado para presentar a su pareja en una comida familiar.
Todavía hay quienes calculan cuánto de sí mismos pueden mostrar según el lugar donde estén, las personas que tengan delante o la reacción que esperan recibir.
No porque tengan miedo a la ley.
No porque teman una sanción.
Simplemente porque, en algún rincón de su conciencia, siguen sintiendo que hay algo que debe decirse con cautela, casi en privado.
Y quizá ahí se encuentre una de las razones por las que el Día del Orgullo sigue siendo necesario.
Hay generaciones enteras que nunca han conocido una España donde amar pudiera convertirse en un problema.
Han crecido en un país donde el matrimonio igualitario forma parte de la normalidad, donde las parejas del mismo sexo son visibles y donde muchas libertades que hoy consideramos evidentes forman parte del paisaje cotidiano.
Y eso es una magnífica noticia.
Porque significa que hemos.
Pero precisamente ahí aparece una paradoja que merece la pena analizar cada vez que llega el 28 de junio.
Cuanto más consolidado está un derecho, más fácil resulta olvidar cómo llegó hasta nosotros.
Las nuevas generaciones han heredado libertades que para otras personas........
