Más allá del género: el feminismo y la subversión de la comunidad
El «giro de la conciencia feminista»: destellos y sombras
«El empeño obstinado de este texto por «desnaturalizar» el género tiene su origen en el deseo intenso de contrarrestar la violencia normativa que conllevan las morfologías ideales del sexo, así como de eliminar las suposiciones dominantes acerca de la heterosexualidad natural o presunta». La cita previa, extraída del texto clásico de la filósofa Judith Butler –El género en disputa: Feminismo y subversión de la identidad-, ejemplifica el denominado «giro de la conciencia feminista», ocurrido entre los años 80 y 90 del siglo pasado. Tal mutación radical de las temáticas y de las herramientas de análisis -generalmente descrita como el tránsito de la Segunda a la Tercera Ola- se encuadra en la súbita hegemonía de las tendencias postestructuralistas, en detrimento del análisis marxista y materialista, predominante en el feminismo de los años 60 y 70.
La también filósofa Holly Lewis, una de las representantes del marxismo queer y autora de La política de todes, describe en un tono a la vez ácido y poético el abrupto corte entre los dos paradigmas:
«Las teorías unitarias, los universalismos, la reivindicación de la existencia de un «todes» y las grandes ideas habían sido reemplazados con narrativas modestas, menores, pequeños pedazos de investigación empírica que no podían ayudar a describir un panorama más amplio (…). El efecto supuso disfrutar el mundo voluptuosamente en pequeños pedazos y piezas, en vez de enfrentarse al terrible conjunto».
Carolina Meloni, feminista decolonial y autora de Las fronteras del feminismo. Teorías nómadas, mestizas y postmodernas, abunda en la relevancia de este replanteamiento radical del sujeto y del objeto de las luchas y las reflexiones feministas:
«A partir de los años 70, el feminismo va a ser sacudido por un acontecimiento fundamental. Muchas son las autoras que van a partir de una crítica interna y radical al feminismo mismo, sacando a la luz las complicidades discursivas y políticas que cierta tradición feminista mantenía con determinados dispositivos de poder (…). La llamada tercera ola supone una problematización del feminismo mismo. El llamado giro de la conciencia feminista se produce precisamente cuando el feminismo inicia la genealogía crítica de sus propios conceptos».
Nos hallamos, por tanto, como subraya la filósofa Luisa Posada en referencia a la propuesta de Butler, ante una «revolución epistemológica», en la que se problematiza y se hace «estallar» la propia categoría fundamental del feminismo, convirtiendo el sujeto «mujer» en una identidad prescriptiva y no descriptiva:
«Esto es lo que ocurre para Butler con el sujeto feminista «mujeres». Para esta pensadora, toda identidad es inherentemente opresiva y excluyente. Y, en ese mismo sentido, también la categoría «mujeres» refiere a una identidad prescriptiva, antes que descriptiva, que deja fuera a una parte del grupo que dice representar. Por tanto, el feminismo tiene que desestabilizar esa categoría, a partir de su deconstrucción como identidad o sujeto prediscursivos de la política feminista, abriéndolo de este modo a las posibilidades de una resignificación permanente».
La preeminencia que adquiere la «cuestión del sujeto» constituye como vemos el hilo conductor de las distintas propuestas que se enmarcan dentro del nuevo paradigma postestructuralista. El sujeto unitario y homogéneo de los feminismos radical y materialista, que fundamenta el análisis del sistema patriarcal como opresión común y principal de las mujeres, se deconstruye minuciosamente en paralelo a la irrupción de los nuevos sujetos feminizados no normativos. Las distintas autoras -Butler, Braidotti, Haraway, Lauretis, Wittig- tienen como denominador común la centralidad de la reflexión del feminismo sobre sí mismo -el análisis del propio discurso feminista como ideología- antes que el estudio de las interrelaciones entre la crítica del patriarcado y del capitalismo, que habían sido las grandes cuestiones planteadas por el feminismo de la Segunda Ola. El objeto de atención se desplaza del análisis de las conexiones existentes entre las actividades que se desarrollan en la «morada oculta de la producción» y la acumulación de capital, como mecanismo neurálgico de la opresión de las mujeres, a la crítica del sujeto esencialista y excluyente del feminismo radical y del sistema sexo-género normativo que lo conforma.
La propia Butler cuestiona la noción misma de patriarcado como «forma universal de la opresión de las mujeres»:
«La urgencia del feminismo por determinar el carácter universal del patriarcado -con el objetivo de reforzar la idea de que las propias reivindicaciones del feminismo son representativas- ha provocado, en algunas ocasiones, que se busque un atajo hacia una universalidad categórica o ficticia de la estructura de dominación, que por lo visto origina la experiencia de subyugación habitual de las mujeres (…). La idea de un patriarcado universal ha recibido numerosas críticas en años recientes porque no tiene en cuenta el funcionamiento de la opresión de género en los contextos culturales concretos en los que se produce»
Para estas autoras la prioridad era, por consiguiente, la plasmación del peligro esencialista en el que habían caído los feminismos previos -principalmente el radical y el materialista- al adoptar una idea inmutable de mujer como sujeto exclusivo de la opresión patriarcal. Esta pulsión iconoclasta entronca con la reivindicación de las miradas e identidades marginadas -inmigrantes racializadas, mestizas, lesbianas negras, transexuales, queer, etc.- por el sujeto hegemónico, la mujer occidental blanca, heterosexual y de clase media.
Quizás pueda servir como botón de muestra simbólico de ese drástico desplazamiento temático la comparación entre el título del texto clásico de Mariarosa Dalla Costa, que dio inicio al debate sobre el trabajo doméstico en el feminismo marxista de la Segunda Ola –El poder de la mujer y la subversión de la comunidad-, y el del libro seminal de Butler: aquello a subvertir se desplaza de la estructura toda de la fábrica social capitalista -la imbricación entre las dos moradas de la producción y la reproducción social, con sus lógicas contrapuestas- al cuestionamiento de la propia identidad femenina y del sistema sexo-género normativo y opresivo que la conforma.
Empero, y más allá del análisis del sujeto como núcleo del giro radical someramente descrito, en este punto surge, como plantea Meloni, una cuestión decisiva:
«El punto de partida del feminismo contemporáneo será esta aporía: la paradoja ante la incapacidad de un lenguaje común, de un sujeto único que englobe todas las realidades y subjetividades existentes, la inexistencia de una identidad incorruptible y, al mismo tiempo, la urgencia de una reivindicación política y de la transformación social».
La misma Butler formula la pregunta clave que se deriva de la metamorfosis referida:
«Por el contrario, deberíamos preguntar: ¿qué alternativas políticas son consecuencia de una crítica radical de las categorías de identidad?».
¿Existe pues un hilo conductor, que permita establecer un nexo entre los dos marcos y que sirva a la vez de base para potenciar la subversividad de la lucha feminista, o la fractura categorial resulta tan drástica que representa una solución de continuidad, plasmada en la asunción de narrativas fragmentarias y en la renuncia a enfrentarse al «terrible conjunto»? ¿Nos hallamos, como se repite hasta la saciedad por la mayor parte de la izquierda tradicional, ante una regresión autorreferencial, típica del relativismo posmoderno y funcional a la ideología neoliberal o, por el contrario, la mutación de la conciencia feminista renueva la mirada crítica antagonista, enriqueciendo el contenido de las luchas contra todas las formas de opresión y cuestionando las instituciones vigentes en la totalidad social capitalista?
La filósofa Cinzia Arruzza, autora de Las sin parte. Matrimonios y divorcios entre feminismo y marxismo, alerta, partiendo de la famosa teoría de Butler acerca del carácter «performativo» de la identidad de género, del riesgo de bascular hacia uno de los polos de la dicotomía:
«Afirmar que la identidad de género del sujeto se construye a través de la reiteración de los actos performativos es percibir un núcleo de verdad, pero corre el riesgo a su vez de licuar a un sujeto ya bastante martirizado por tres décadas de postmodernismo y de favorecer la idea de que es suficiente con suspender la reiteración para sustraerse a un proceso sofocante de identificación».
En base a lo anterior, podría afirmarse que los peligros y las potencialidades del giro de la conciencia feminista se solapan de forma muy precisa, como refleja irónicamente Meloni, con el profundo impacto sobre «el espíritu de la época» de la irrupción de las teorías postestructuralistas a partir de los años 70:
«El feminismo postmoderno y la teoría queer -se dice- no son sino pequeñas alteraciones o modificaciones de corrientes filosóficas más serias. El feminismo es una especie de hijo bastardo, de apéndice monstruoso que le ha salido al postestructuralismo francés; pero, en sí mismo, no es ni puede ser una filosofía, una corriente como tal»
La cesura radical desarrollada por Butler -una de las iniciadoras asimismo de la teoría queer– se inspiraba, por tanto, en las aportaciones «revolucionarias» de los filósofos postestructuralistas franceses, así como en la tradición psicoanalítica. Y muy destacadamente, tomaba pie en los innovadores desarrollos teóricos sobre el análisis de los dispositivos a través de los que se ejerce el poder social realizados por Michel Foucault, con toda probabilidad el filósofo más influyente de la actualidad.
Las psicólogas Patricia Amigot y Margot Pujal establecen la estrecha conexión entre el eslogan clásico del feminismo de los sesenta con los planteamientos rupturistas del filósofo francés:
«Es innegable, por tanto, que aquello que el eslogan feminista ‘lo personal es político’ planteaba confluye con la reconsideración que Foucault realiza acerca de las formas de pensar las relaciones de poder».
Meloni abunda en la influencia decisiva de las revolucionarias aportaciones de Foucault sobre el nuevo paradigma feminista que fundamentó las teorías del género:
«Empezando por Foucault, será principalmente el primer volumen de su Historia de la Sexualidad: La voluntad de saber, publicada en 1976, la obra más influyente en el pensamiento feminista (…). Los análisis de Foucault sobre la sexualidad inician el proceso de desnaturalización del sexo, proceso que culminará en las teorías del género desde Rubin a Butler».
Así pues, el agrio debate -simbolizado en el uso despectivo del epíteto woke contra la «ominosa ideología del género», por parte de la ultraderecha y de la pseudoizquierda rojiparda- acerca del carácter progresivo o regresivo de la «revolución del género» está íntimamente imbricado con la -también cruenta- disputa sobre la condición «delicuescente» o subversiva de las neurálgicas contribuciones de Michel Foucault al clima intelectual de nuestra época.
Como refiere de nuevo Lewis: «Foucault es sin duda un precursor clave del pensamiento queer. Su rechazo del análisis histórico global en favor de los rincones olvidados de la historia estableció las bases para la investigación de las vidas queer. Las personas de género no normativo han estado siempre a la sombra en el arcoiris de la historia».
La seminal descripción de Foucault de los dispositivos de poder y de saber, relacionados con el control y la conformación de la sexualidad heteronormativa y encaminados a la construcción de sujetos funcionales a la reproducción «disciplinaria» del orden social, representa sin duda una contribución capital a la crítica de las «morfologías ideales» de género y sexo, como categorías ontológicamente cerradas. No solo eso. Su minuciosa demolición del sistema sexo-género hegemónico proporciona también la base para fundamentar el potencial subversivo de las identidades disidentes, en relación por ejemplo con el cuestionamiento de la sacrosanta institución de la familia nuclear, uno de los engranajes esenciales de la fábrica social capitalista.
El inconoclasta argumento de Foucault se basa en que el «sexo» no es únicamente una realidad biológica previa, sino un «punto imaginario», una construcción generada por el «biopoder» médico, científico, jurídico, religioso y pedagógico, encargada de «gestionar los cuerpos y la vida» hacia la conformación de sujetos normativos y disciplinados, funcionales a la reproducción de la organización social vigente:
«El sexo, esa instancia que parece dominarnos y ese secreto que nos parece subyacente en todo lo que somos, ese punto que nos fascina por el poder que manifiesta y el sentido que esconde, al que pedimos que nos revele lo que somos y nos libere de lo que nos define, el sexo, fuera de duda, no es sino un punto ideal vuelto necesario por el dispositivo de sexualidad y su funcionamiento». La filósofa Purificación Mayobre desgrana la amplitud y diversidad del dispositivo de sexualidad desplegado por las tecnologías a través de las que se ejerce el poder........
