Brujas
A la sabia, lúcida, filosa Marina Ayala, in memoriam.
De los folios con la transcripción notarial del proceso contra la “bruja” Dominga Ferrer, mejor conocida como Dominica la Coja (Archivo Provincial de Zaragoza, 1534) saltan palabras picudas, descripciones impensables, un miedo convertido en reguero de confesiones bajo la silueta implacable del inquisidor y sus secuaces. Al calor de la histeria colectiva y el tormento de la incriminada, Dominica termina citando como cómplices a María Miranda, Pascuala de Salas, La Nadala, La Piqueras, la hija de la Benedetta. «El mismo domingo a la noche vino Gracia la Nadala y (…) y que así fueron las dos juntas a casa del dicho Roiz Castellón, y les abrió la puerta el diablo…”. Por causar, supuestamente, el daño a muchas caballerías, agriar el vino de las bodegas, haber estrangulado y asado “las tripicas de recién nacidos”, enfermar al ganado, tomar al diablo como señor y tener huellas en su cuerpo de esa infame adoración, Dominga fue condenada, como tantas otras de su estirpe, a morir en la hoguera.
Había que “salvar almas” a toda costa, tal como sugería la bula del Papa InocencioVIII en 1484, incluso si eso implicaba “extraer verdad” usando métodos nada piadosos: la garrucha, el tormento del agua, el potro. Para eso trabajaban también diligentemente los saludadores, por ejemplo, asistentes de los jueces seglares a la hora de resolver condenas rápidas. Eran hombres que afirmaban reconocer al nigromante gracias a su olfato privilegiado, “descubridores de brujas”, expertos en truncar brotes demoníacos en el seno de Aragón. Muchas mujeres fueron señaladas por ellos, perseguidas, apresadas. Muchas sucumbieron mientras las llamas las consumían vivas. “Bruja” y “mujer” acabaron fusionándose así en el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna, una condición sobre la que recayeron las culpas de todas las desgracias y pavores colectivos. “El abanico de mujeres que podían ser acusadas de brujería era muy amplio”, explica la........
