Ceuta: el precio de la impunidad
Si es cierto lo que nos han contado, el emperador Calígula quiso nombrar cónsul a su caballo Incitatus. Además de su innegable belleza, algo deben de tener esos notables animales porque muchos siglos después, y según propia confesión, el irrepetible Jesús Gil consultaba a su propio corcel, de nombre Imperioso, sobre los fichajes del Atlético de Madrid.
¿De verdad llegaron a caer tan bajo el poderoso Imperio Romano y el esforzado club madrileño como para tener que integrar a un par de nobles brutos entre sus élites dirigentes? Seguramente no. Es probable que, tanto Calígula como su pintoresco émulo empresarial y futbolístico español, se limitaran a disfrutar de un placer prohibido para la mayoría. Un placer que, si no llega a igualar al del poder absoluto —parece que, al final, Incitatus se quedó sin su consulado— se le acerca mucho: el de la impunidad. Ambos sabían que podían humillar a quienes les rodeaban, ponerlos en ridículo y pisar sus derechos sin tener que pagar ningún precio… y ese era para ellos un motivo suficiente para hacerlo.
Que sepamos, el presidente Trump no tiene una relación tan íntima con los caballos como Calígula y Gil. Quizá por eso disfrute de su impunidad de otras maneras que, por desgracia, son mucho más peligrosas. Mejor le iría al mundo si nombrara a un caballo como jefe del Departamento de la Guerra en lugar de empeñarse en dirigir la de Irán personalmente.
Bajo la batuta estratégica de Donald Trump, la guerra de Irán se mueve en círculo, como las manecillas del reloj… o como los caballos en los picaderos, ¡qué coincidencia! Con matices apenas distinguibles, el........
