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Todo está ya dicho

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20.03.2017

Como apuntaban los latinos, no hay nada nuevo bajo el sol. Todo lo que se está diciendo sobre la posverdad estaba ya escrito en El Arte de la Retórica, la genial obra de Aristóteles que se adelantó en casi 25 siglos a lo que ahora llamamos modernidad.

En realidad, el sabio griego no concibió su reflexión como un tratado para los filósofos, sino que parece que se trata de notas, de una especie de manual práctico que fue confeccionando para sus alumnos del Liceo ateniense.

Cuando Aristóteles reivindicó la importancia de la retórica, ésta se hallaba muy desprestigiada por los usos y abusos de sofistas como Gorgias e Isócrates, a los que el maestro de Alejandro Magno despreciaba como demagogos, es decir, como agitadores del pueblo.

Los sofistas empleaban el lenguaje para manipular la verdad al servicio del poder o de los ricos. Por eso, Aristóteles estaba empeñado en devolver la dignidad a la palabra, siendo perfectamente consciente de los peligros de la posverdad que latía en la filosofía idealista de Platón y algunos de sus discípulos, empeñados en negar la observación empírica de los fenómenos.

Zenón de Elea, discípulo de Parménides, llegó a sostener que el movimiento no existe y que jamás el veloz Aquiles podría recorrer la distancia que le separaba de la tortuga, lo cual exasperaba a Aristóteles, que se consideraba un científico que extraía sus conclusiones de la mirada sobre la realidad.

Aristóteles sostenía que la retórica era un contrapunto de la dialéctica, que él entendía como las reglas del razonamiento abstracto. Para el........

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