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Las mentes vacías, las neveras llenas

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05.01.2020

Circula estos días por las redes un viejo vídeo que tiene como protagonista a José María Gil-Robles, en el que el político de la CEDA se explaya a gusto sobre las debilidades esenciales que advertía en el texto constitucional que en 1978 estaba a punto de aprobar el Parlamento: “Para mí hay tres puntos que son difícilmente admisibles en el proyecto: el primero, la enseñanza. La Constitución no garantizará la verdadera libertad de enseñanza, aquella que permite a los padres escoger el colegio que quieren para sus hijos. Ese derecho en la práctica lo tendrán los padres que tengan medios económicos suficientes, frente a quienes no los tengan. En segundo lugar, encuentro un peligro muy grave en el reconocimiento constitucional de las nacionalidades (…) lo que puede traer como consecuencia una serie de pretensiones de tipo secesionista que de ningún modo puedo considerar admisible. Y, en último, creo que la Constitución establece unos mecanismos de relación entre los poderes del Estado que acabarán porque no exista en España una democracia sino una partitocracia, es decir, el triunfo de los partidos políticos, equivalente de hecho al triunfo de la minoría que mangonea esos partidos a base de una mayoría de diputados sumisos y transigentes, y una opinión pública totalmente marginada”. La verdad es que Gil-Robles lo clavó.

Lo clavaron también muchos otros, voces que clamaron en el desierto al advertir del huevo de la serpiente que el texto llevaba en su seno desde su nacimiento, a cuenta particularmente de las “nacionalidades”. Uno de los que con más fundamento lo argumentaron fue Julián Marías. “España ha sido la primera nación que ha existido, en el sentido moderno de esta palabra; ha sido la creadora de esta nueva forma de comunidad humana y de estructura política, hace un poco más de quinientos años. Antes no había habido naciones”, escribió el 15 de enero de 1978 en El País. “Políticamente, las expresiones «Monarquía española» y «Nación española» han precedido largamente a «España», como se refleja en “El Tesoro de la lengua castellana o española”, de Sebastián de Covarrubias (1611)” (…) “Según el texto constitucional hay en España dos realidades distintas, a saber, «nacionalidades» y «regiones». En una Constitución, habría que decir cuáles son esas regiones. Pero lo más importante es que no hay nacionalidades -ni en España ni en parte alguna-, porque «nacionalidad» no es el nombre de ninguna unidad social ni política, sino un nombre abstracto, que significa una propiedad, afección o condición” (…) “Es decir, España no es una «nacionalidad», sino una nación. Los españoles tenemos «nacionalidad española»; existe la «nación España», pero no la «nacionalidad España» ni ninguna otra”.

De aquellos polvos, estos lodos. De aquel “café para todos”, ese “Estado de las Autonomías” con el que los autores de la Constitución, con Adolfo Suárez al frente, pretendieron escamotear la realidad de las........

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