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El pobre Sánchez, el rico Urkullu y el embrujo del monte

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08.12.2019

Una persona que hubiera conocido el Bilbao de los años sesenta y setenta, aquel Bilbao triste y cetrino de antaño, con su cielo gris y sus edificios lastrados por la costra de lluvia y humo de los Altos Hornos, y que de repente apareciera en medio de la ciudad resplandeciente que es ahora, con esa fastuosa Gran Vía, ese icónico Guggenheim, esa ría limpia, y tantas otras cosas como hoy la distinguen, creería, en fin, hallarse en un lugar distinto, una moderna urbe de servicios que nada tiene que ver con su oscuro pasado fabril e industrial. Urbanismo al detalle, mobiliario de lujo, farolas de diseño, parques por doquier. Renovaciones urbanas con fuertes inversiones de dinero público. Bilbao, o esa señorial San Sebastián asomada a la playa de la Concha. O la desconocida Vitoria, auténtica capital verde, con unos servicios públicos que para sí quisiera Copenhague. Con 250.000 habitantes, en la capital alavesa funcionan diariamente 15 piscinas públicas cubiertas. Una por barrio. Noventa euros de cuota por persona y año para acceder a su uso. Deportistas en ciudades españolas hay que gastan más al trimestre solo en transporte para llegar a su centro de entrenamiento.

Con una renta per cápita de 34.079 euros (apenas 837 menos que la comunidad de Madrid) frente a los 25.854 de media española, los pensionistas vascos, curiosamente los que más protestan, disfrutan de complementos a sus pensiones, con una paga específica para aquellos mayores emancipados que no disponen de recursos. Lo llaman Renta de Garantía de Ingresos (RGI), la abona el Gobierno vasco, y acaba ahora mismo de subir de 667 a 694 euros mensuales. Por si fuera poco, hay ayudas municipales y de las diputaciones forales que las complementan. A los sintecho se les habilita cada noche espacio en albergues, puesto que tienen prohibido dormir en la calle para no estropear el paisaje. La sanidad pública vasca es, en no pocas ocasiones, mejor que la sanidad privada madrileña. No es casualidad. Gracias a esa peculiaridad fiscal que permite a su Gobierno negociar con la Agencia Tributaria lo que deben abonar a las arcas del Estado, Euskadi es la comunidad que más dinero vuelca en su sistema médico. Pruebas o especialidades que en el resto de España solo se hacen previo pago, allí figuran en el catálogo sanitario público y con unas listas de espera más que razonables.

Podríamos seguir citando ejemplos de esa singularidad, como la armonización de políticas existente entre la Administración y la empresa a la hora de planificar la educación y poner en marcha una formación profesional dual capaz de dotar a las factorías locales de la mano de obra cualificada que necesitan en cada momento. Una ristra de servicios públicos, en suma, que contribuyen a configurar la alta calidad de vida de los ciudadanos vascos gracias, todo sea dicho, a una aportación a la caja común de los........

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