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El periodismo se ahoga

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11.07.2020

Fue con ocasión de la última orden de Franco. Entubado, convertido ya en guiñapo… acababa de tomar la decisión de condenar a la pena capital a las últimas víctimas de la dictadura. El mundo vio en ello el espejo postrero de casi 40 años de consentido totalitarismo y en España no acabábamos de creernos el implacable gesto de morir matando. Sin embargo, el diario oficial entre los oficiales, Arriba, órgano del Movimiento, dedicó toda su primera página a una foto: la del primer ministro sueco Olof Palme con una hucha a modo de bandolera donde pedía fondos para la democracia en España. Como pie de la imagen sólo una palabra de gran tamaño que resaltaba los signos del insulto: ¡PAYASO!

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Los dos patrocinadores de la infamia eran gallegos, periodistas de carnet y militantes a sueldo del Régimen. Uno, Pedro Rodríguez, avieso y servil, fallecería en 1984 sin que nadie le preguntara por la hazaña. El otro, Fernando Ónega, editorialista y columnista salomónico por lo que tienen de sinuosas sus columnas serpenteantes, aún ejerce el oficio como si se tratara de un senador romano que hubiera bendecido la exaltación del caballo de Calígula tras muchos años de bancada.

Siempre que alguien se refiere al insulto en el periodismo me acuerdo de aquel significativo y nunca citado precedente.¡Payaso! cerraba una época, creíamos. Lo que no podíamos prever es que los edecanes del poder usaran las mismas armas hasta llegar a hoy. Las cloacas del Estado existieron siempre, también las de los partidos políticos que conviven con ellas y crean las suyas propias.........

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