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Envidia del mérito, muerte de la competencia

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12.07.2020

Es llamativa la animadversión que despierta Amancio Ortega entre una parte no despreciable de la población española. Poco les importa que sea el mejor empresario de nuestra historia, por delante incluso de Antonio Ibáñez. Aún peor: cuanto más generoso es el fundador de Zara, cuantas más máquinas de radioterapia regala a los enfermos de cáncer o más expedientes de regulación temporal de empleo perdona a los contribuyentes, más le calumnian algunos medios.

Detrás de esa difamación constante, late un odio visceral al mérito y la competencia. Se trata de una miserable versión del vicio español de la envidia, criticado ya desde Cervantes (“carcoma de las virtudes”) y Fray Luis de León (“Aquí la envidia y mentira me tuvieron encerrado”) a Unamuno (“la íntima gangrena española”) o Borges (“Para decir que algo es bueno dicen que ‘Es envidiable’”). Hasta Stuart Mill se percató de que “los españoles persiguen con envidia a todos sus grandes hombres, les amargan la existencia y, generalmente, logran detener pronto sus triunfos”.

Quienes niegan este protagonismo de la envidia, apuntan, como Sánchez Ferlosio, a que aquí, más que envidiosos, abundan los “falsos envidiados”: personas que creen merecer el aplauso ajeno y, al no recibirlo, fantasean con ser envidiados.

Si, en vez de ajustar cuentas con literatos, el autor de “El Jarama” se hubiera ocupado de empresarios, se habría quejado de que en España no se puede envidiar a empresarios porque, como suelen argumentar algunos........

© Vozpópuli