Vivir como quien interpreta un ‘adagio’

Es domingo, una de la tarde. He desbloqueado el celular 19 veces y he recibido 49 notificaciones. He pasado 36 minutos en Instagram, 22 en Whatsapp y 6 en la app de un periódico: apenas el tiempo que me tomó leer un artículo de opinión. Las estadísticas de mi celular indican que el domingo pasado estuve una hora y once minutos mirando Instagram. El antepasado, una hora y 34 minutos. Activo las alarmas de mi mente.

¿A dónde estoy llevando mi atención? ¿Por qué recovecos estoy dejando que se me escape el tiempo?

¿A dónde estoy llevando mi atención? ¿Por qué recovecos estoy dejando que se me escape el tiempo?

“La atención se ha convertido en el nuevo petróleo; un recurso finito que se extrae mediante el diseño deliberado de la interrupción”, dice una reseña que encontré, sin buscarla, justo en Instagram, sobre el libro Las meditaciones cotidianas: El cultivo de la atención a través de las pequeñas cosas. La reseña me pareció lo suficientemente provocadora como para buscar este libro que, sin la imposición del algoritmo, no habría llegado a mis lecturas. En él, el autor, un profesor de meditación llamado Tony Rham, expone una hipótesis:

“Prestar atención en una civilización construida a base de distracciones es un acto revolucionario”.

“Prestar atención en una civilización construida a base de distracciones es un acto revolucionario”.

Me importa porque es un tema político: perder el control de la propia mente es la mayor de las derrotas. Un informe reciente de la American Psychological Association (APA) muestra cómo, después de haber comparado 71 estudios, con más de 98 mil participantes, es posible mencionar hallazgos compartidos con respecto al uso de reels y videos cortos de redes sociales: ese scroll infinito está deteriorando nuestra capacidad de atención sostenida en el tiempo y en una sola tarea, buscamos recompensas inmediatas y en contenidos cada vez más cortos, consumimos tanta información que cada vez nos es más difícil recordar (y lo que es peor: comprender y cuestionar) lo que vemos, leemos y escuchamos.

Comprendemos menos, recordamos menos, estamos menos presentes. Vivimos tan metidos en nuestras pantallas, que nos cuesta reconocer que estamos perdiendo soberanía de las decisiones más determinantes: dónde ponemos nuestra atención, qué queremos ignorar, qué es lo que realmente nos importa.

Ruido mental. Así le llama Rham a esto: “vivimos en una época de notificaciones constantes, las redes sociales y la sobrecarga de información fragmentan nuestra atención de forma sistemática. Cada interrupción, por mínima que sea, rompe el ritmo del pensamiento y nos saca del momento presente”.  Y los datos empiezan a demostrar que no es algo que ocurra espontáneamente, es intencionado. Esta semana, por ejemplo, fue noticia la sentencia de un juzgado de Los Ángeles (Estados Unidos) que declara culpables a Meta y Youtube por generar adicción deliberadamente entre menores de edad. Así se construye una civilización a base de distracciones. Quizás en el futuro describirán a los humanos de esta época como desconcentrados, desconectados, intoxicados, extraviados.

Tendría que haber contado cuántas veces desbloqueé mi celular mientras escribí este artículo. Cuántas notificaciones recibí, cuántos mensajes de WhatsApp respondí, cuántas veces desvié mi atención hacia un reel que luego me llevó a otro y a otro y a otro más. No lo hice, pero quiero pensar que mi promedio es menor al de muchas personas que he visto en el metro: viajan con la mirada en el celular, pasan y pasan reels sin detenerse en ninguno, dan like a videos que no vieron más de tres segundos. Siento un poco de alivio al saber que yo los miraba a ellos mientras ellos miraban la pantalla. Pero en muchos otros momentos del día voy igual, con la cabeza gacha. Levantar la cabeza: siempre hay en este gesto una revolución.

¿Qué hago entonces para traer de regreso a esta mente extraviada? Viene a mi memoria un artículo que escribió el pianista James Rhodes en 2020, en época de cuarentena. En él, explica por qué es mucho más exigente en el piano una pieza lenta:

“Importan la claridad y el peso de la melodía. La sutileza de la mano izquierda que lo acompaña, el equilibrio de los acordes donde cada pulsación marca una diferencia de peso minúscula e independiente: tan frágil que dos gramos adicionales de presión con un dedo pueden destruir todo”.

“Importan la claridad y el peso de la melodía. La sutileza de la mano izquierda que lo acompaña, el equilibrio de los acordes donde cada pulsación marca una diferencia de peso minúscula e independiente: tan frágil que dos gramos adicionales de presión con un dedo pueden destruir todo”.

No es solo cuestión de tiempo. Es cuestión de atención, de presente. Vivir como quien interpreta un adagio. “Cuanto más elimines —dice Rhodes—, más enfoque y tranquilidad encontrarás”. El artículo, titulado El valor de la lentitud, termina con una frase que durante mucho tiempo tuve pegada en un papelito al frente de mi escritorio. No recuerdo en qué momento la descarté, pero es hora de volver a imprimirla y tenerla a la vista como un mandato:

“Quiero comenzar de nuevo, haciendo menos, mejor”.

“Quiero comenzar de nuevo, haciendo menos, mejor”.


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