Paisaje con gente común |
Y si después de todo… resulta que las pistas eran el tesoro. Guille Galván
Y si después de todo…
resulta que las pistas
Esta semana vi una serie que me recomendó una amiga del trabajo. Los años nuevos, se llama, y es una de esas series en las que “no pasa nada”. Una historia de gente común, que se ama y se desama a lo largo de diez años, mientras sus vidas transcurren —aparentemente— sin grandes aspavientos. Me gustó porque es una serie sobre la vida. La que transcurre en medio de la rutina, cuando se ama y se extraña, se afronta el duelo y se celebra la vida, se toman decisiones, se inventan formas para estar presentes, se buscan maneras de escapar. Pensé, entonces, en algunas escenas que podría incluir en una serie que hablara de la vida. La que sucede sin mucha gracia, la que observo a veces como espectadora. Recordé tres. Mujeres que me quedé mirando desde lejos. Gente común que lidia con lo suyo. Es que la vida también es eso que ocurre cuando parece que no ocurre nada.
Una mujer mira al cementerio. Lo mira desde afuera, apoyada en la reja que separa el cementerio de la calle, la reja que separa a los muertos de los vivos. Pero no está mirando el cementerio. Mira, quizás, una tumba. O mira tal vez el recuerdo de alguien a quien ama todavía. Y llora. Y llueve.
La vi desde el bus, la observé durante unos minutos mientras estuvimos detenidos por el tráfico: una mujer joven, con una chaqueta negra que le cubría la cabeza y, en sus manos, un ramo de flores silvestres. Supe que lloraba, aunque no alcancé a ver su cara. Lo supe por el ritmo de su respiración, por los hombros que se elevaban cada tanto como intentando alivianar, con suspiros profundos, ese aire que se cortaba en sus pulmones. Los cementerios deberían estar siempre abiertos, pensé, y recordé aquello que escribió Alejandra Pizarnik:
“La única comunión con los muertos sucede bajo la lluvia”.
“La única comunión con los muertos sucede bajo la lluvia”.
Una mujer hace una videollamada con sus hijos mientras viaja en el bus de regreso a casa. No usa audífonos, parece no preocuparse por el volumen de su voz. Les pregunta por las tareas, por los oficios de la casa, por la sopa que están preparando para el almuerzo de mañana. Que no dejen hojas en blanco en el cuaderno, que no se olviden de trapear dos veces, que no quiere encontrar el lavaplatos lleno de loza sucia. Que licúen la cebolla, las papas y la zanahoria. Durante el viaje, de una hora y media, los llama dos veces, les hace más preguntas, les da más indicaciones, le pide al que contesta que le muestre qué está haciendo el otro.
He coincidido con ella dos veces en el mismo trayecto, a la misma hora, lo que me hace pensar que estas videollamadas son parte de su rutina. No sé a qué horas sale de su casa para el trabajo, pero sé que la hora de regreso es más o menos a las ocho de la noche. Ya sé cómo se llaman sus hijos y calculo que tienen unos diez o doce años. Niños juiciosos, criados por una madre que inventa formas para estar presente.
Dos muchachas viajan en la parte de atrás de un camión que transporta tubos enormes de concreto. Es una carretera “curvosa” y empinada. Van sentadas en una plataforma sin techo. Una de ellas, la que se ve un poco mayor, se quita la chaqueta para cubrir del viento y la llovizna a su compañera de viaje. La abraza y le da un beso en la mejilla. Todo parece ser promesa en ese gesto y en ese trayecto arriesgado: “mientras estemos juntas soportaremos el frío y todo lo que venga”.
A ellas las vi desde el carro en unas vacaciones. Nosotros veníamos de paseo y ellas, tal vez, jugándose la vida en ese viaje. Anduvimos un rato detrás del camión. Me pareció que no tenían más de veinte años e imaginé que venían de un pueblo pequeño. Tal vez la más joven escapaba de un novio al que nunca quiso. Inventé que se besaron por primera vez en las fiestas de la virgen. Que, desde entonces, cada una intentó huir de la idea de estar enamorada y esconderse en la repetición de los días, pero al final las desbordaron las ganas de quererse. Después de varias curvas encontramos una recta. Sobrepasamos el camión y dejamos atrás a esas dos muchachas enamoradas. A veces pienso en ellas.
¿A dónde las llevaría esa carretera “curvosa” y empinada que es la vida?
¿A dónde las llevaría esa carretera “curvosa” y empinada que es la vida?