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El torneo en el que perdimos todos los partidos

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10.03.2026

He atravesado semanas intensas, con conversaciones difíciles y silencios incómodos, momentos en los que me he sentado frente a alguien de mi equipo para decir cosas que no siempre son fáciles de escuchar y, lo más retador, para oír aquello que no resulta cómodo.

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En medio de esos días, volví a una escena de hace muchos años, cuando era capitana de un equipo de fútbol que no ganó un solo partido en todo el torneo, ni uno, y encima habíamos viajado a otra ciudad para jugarlo.

Recuerdo el cansancio acumulado, la frustración después de cada fecha y la sensación persistente de que algo no estaba funcionando, aunque nadie lograra nombrarlo con claridad. Mi reacción fue la más instintiva, correr más, gritar más, insistir más, como si el volumen pudiera reemplazar la comprensión. Yo creía que estaba intentando sostener el ánimo y empujar al equipo hacia adelante, pero el resultado se repetía.

Un día, después de volver a perder, mi entrenadora me dijo una frase que en ese momento me incomodó mucho: “Lina, usted tiene que conocer a su equipo”. No habló de técnica ni de táctica, habló de personas y me hizo dar cuenta que, aunque conocía las posiciones de cada jugadora, no las conocía realmente. Sabía quién era rápida, pero no quién necesitaba confianza; sabía quién tenía buen salto, pero no quién se bloqueaba cuando la gritaban; sabía quién definía bien frente al arco, pero no quién dudaba cuando sentía demasiada presión.

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Ese torneo me dejó como lección que liderar no consiste en imponer un sistema de juego, sino en comprender el juego que tu equipo puede jugar. No todas reciben el balón igual, algunas lo prefieren al pie y otras al espacio; hay quienes necesitan instrucciones claras y quienes necesitan autonomía; unas crecen con el reto directo y otras con una conversación tranquila.

Cuando no conoces a tu equipo, cualquier estrategia termina siendo una suposición.

Cuando no conoces a tu equipo, cualquier estrategia termina siendo una suposición.

Hace poco, enfrentando un reto de liderazgo, pensé en esa frase de mi entrenadora y me di cuenta de que las organizaciones no son tan distintas de ese equipo que no lograba ganar. También aquí hay roles diversos, personas que cuidan procesos, otras que crean, algunas que ejecutan con precisión y otras que conectan voluntades. Sin embargo, a veces actuamos como si liderar fuera pedir que todos jueguen igual, al mismo ritmo y bajo la misma lógica.

Ahí está la tarea más exigente, conocer al equipo en serio, no se trata de su hoja de vida ni de enumerar sus logros, sino de entender qué los mueve, qué los frustra, qué los desafía y qué los cansa. Es notar quién necesita claridad y quién confianza, quién requiere acompañamiento y quién espacio para decidir, es observar más de lo que se habla y escuchar incluso lo que no se dice explícitamente.

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Lejos de evitar las conversaciones difíciles, ese conocimiento las vuelve posibles y necesarias. Cuando comprendes a la persona que tienes enfrente, puedes señalar que algo puede hacerse mejor sin que eso suene a descalificación. Puedes corregir sin humillar y exigir sin apagar el talento, la diferencia no está solo en las palabras, sino en la relación que las sostiene.

Este último mes me ha recordado que evitar el conflicto no protege al equipo, lo debilita. Las tensiones no desaparecen por ignorarlas, se transforman en distancia y desconfianza, y liderar implica sostener esas tensiones con respeto, sin huir y sin romper, buscando que la fricción afine en lugar de desgastar.

Hoy creo que liderar se parece a poner el balón donde el otro puede brillar, no por protagonismo sino por propósito, no para hacer el gol propio sino para que el conjunto funcione mejor. A veces eso significa ajustar posiciones, redefinir expectativas o cambiar la forma de jugar, y también exige algo incómodo, mirarse a una mismo con honestidad.

El aprendizaje no siempre llega en forma de trofeo, a veces llega como incomodidad y como una frase que se queda resonando durante años. Saber quién es tu equipo cambia la manera de jugar y, desde ahí, cualquier resultado empieza a tener un sentido distinto.

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