La explosión del acorazado estadounidense Maine, a las 9:40 de la noche del martes 15 de febrero de 1898, en el puerto de La Habana, para la mayoría de los cubanos emite un mensaje más poderoso que la propia ola expansiva destructora del buque de guerra: el comienzo de la injerencia imperial en la Isla.

Desde entonces han llovido teorías y costosos estudios para determinar las causas del hecho, muchas de ellas intentando dar lógica a cosas inexplicables, pero nadie podrá evitar el análisis objetivo de las consecuencias políticas derivadas de aquel siniestro, las cuales descubren evidencias y no solo suposiciones, visibles también para analistas acuciosos.

¿A quién vino de perillas el sorpresivo estallido del Maine? Es una pregunta clave que no se puede obviar al examinar a la distancia de 126 años el triste suceso. Y los acontecimientos desatados, tozudos ellos, desnudan ciertas respuestas. Y no se trata de “piensa mal y acertarás”.

El Maine atracó en la rada habanera el 25 de enero de 1898, con el pretexto de efectuar una “visita amistosa”, poco creíble desde entonces dada la tirantez existente entre los Estados Unidos y España.

Se consideraba el mayor buque de guerra que jamás hubiera entrado al puerto habanero, aunque no era de primera línea en la flota militar de su país. Componían su tripulación 26 oficiales y 328 alistados, entre los cuales había numerosos emigrantes, y era comandada por el capitán de navío Charles Dwight Sigsbee.

Casi junto a la catástrofe, la prensa sensacionalista estadounidense se desbocó en una campaña que responsabilizaba a España y a los cubanos inmersos en la última contienda independentista (1895-1898) como provocadores, alternativamente, del siniestro.

Intentar culpar a los insurgentes era demasiado tirado por los pelos, porque estaban entregados de lleno a la liberación total de su país, a pesar de algunas corrientes anexionistas. Y, además, no usaban métodos terroristas en sus acciones. Aun así, los intentaron involucrar.

Los infundios y las mentiras ya estaban entronizados en la política del vecino norteño, tal y como hoy día, y como bumerán en los círculos políticos más agresivos de EE.UU. crecieron las demandas y presiones sobre el Ejecutivo para que se decidiera a intervenir militarmente en Cuba, era la hora de la “fruta madura”, y de empezar a aplicar la Doctrina Monroe: América para los americanos.

Desde los momentos de la salvaje explosión se manejaron también dos explicaciones sensatas como motivos del estallido: la teoría del accidente y la de un acto premeditado.

Una comisión única presidida por Estados Unidos, que nunca permitió el acercamiento de peritos hispanos al área del desastre, estableció que la total destrucción del navío fue resultado de dos explosiones. Una de estas, pequeña, causada desde el exterior, provocó la enorme deflagración interior, fue el veredicto de la entidad.

Así de sencillo y brutal. Las premoniciones del Héroe Nacional José Martí acerca de las intenciones de la poderosa nación norteña iban a cumplirse de manera casi quirúrgica a partir de ese momento.

Cabe decir que las deducciones del Maestro no eran meras corazonadas, pues el conocimiento que tenía del acontecer político y desarrollo de ese territorio le permitía hacer tales asertos.

A más de un siglo de la hecatombe, cuando se habla del tema, muchos tratan de centrar el asunto en las causas técnicas del suceso, y obvian todo lo demás como algo sin importancia.

Aun en la probabilidad de que un accidente en la combustión de las calderas o en las conexiones eléctricas del buque causara la explosión, lo que originó el estallido del Maine para la causa cubana y la vida de los habitantes del archipiélago siempre ha demandado un enfoque más radical y político.

Fue un incidente que llevó a la intervención y ocupación militar de un país, al sufrimiento de un pueblo, a impedir la conquista definitiva de la independencia casi ganada por esa fecha.

Hay algo muy a tener en cuenta tanto por estudiosos, buscadores de la verdad y personas honestas de cualquier parte.

El tratamiento y el accionar de los círculos de poder al suceso responden fielmente al modelo de manipulación, chantaje, propalación de mentiras y ejecutoria usado incluso hoy, por los grandes poderosos cuando quieren avasallar a sus víctimas.

Hechos como ese fueron inaugurales de una línea actualmente ensanchada en las llamadas guerras de cuarta generación, intervenciones, golpes de Estado, revoluciones primaverales o de este color o aquel.

Solo es ciego a tales efectos el que no quiere ver.

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La explosión del Maine

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15.02.2024

La explosión del acorazado estadounidense Maine, a las 9:40 de la noche del martes 15 de febrero de 1898, en el puerto de La Habana, para la mayoría de los cubanos emite un mensaje más poderoso que la propia ola expansiva destructora del buque de guerra: el comienzo de la injerencia imperial en la Isla.

Desde entonces han llovido teorías y costosos estudios para determinar las causas del hecho, muchas de ellas intentando dar lógica a cosas inexplicables, pero nadie podrá evitar el análisis objetivo de las consecuencias políticas derivadas de aquel siniestro, las cuales descubren evidencias y no solo suposiciones, visibles también para analistas acuciosos.

¿A quién vino de perillas el sorpresivo estallido del Maine? Es una pregunta clave que no se puede obviar al examinar a la distancia de 126 años el triste suceso. Y los acontecimientos desatados, tozudos ellos, desnudan ciertas respuestas. Y no se trata de “piensa mal y acertarás”.

El Maine atracó en la rada habanera el 25 de enero de 1898, con el pretexto de efectuar una “visita amistosa”, poco creíble desde entonces dada la tirantez existente entre los Estados Unidos y España.

Se consideraba el mayor buque de........

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