Las blancas sombras de las horas santas

Bucaramanga se está convirtiendo en una copia mala de sí misma. Insuficientemente arborizada y con sus fuentes de agua tapadas, sufrir el calor de la ciudad dejó de ser una simple circunstancia meteorológica para convertirse en una agónica experiencia existencial. Una experiencia que, por lo demás, recuerda la desidia y la mediocridad de sus autoridades.

Hace mucho tiempo corrían fuentes de agua por la ciudad; había lagunas y cantidad de chorreras que, limpias y frías, bajaban de las faldas del páramo. Así hasta que un día a alguien se le ocurrió que era mejor taparlas y cubrirlas con cemento.

Desde entonces, el asfalto ha estado hirviendo y la memoria fluvial se redujo a un rumor subterráneo que ya no refresca a nadie y que, de vez en vez, como por ejemplo sucede con la Quebrada Seca, rompe y hunde las calles desde sus profundidades.

Ese desvarío urbano revela una mentalidad que todavía impera, pero que hay que sacudirse; una mentalidad que prefiere superficies duras y grises a paisajes frescos llenos de pájaros, glorificando el concreto como si fuera una virtud cívica y no una condena térmica.

¿Hasta cuándo seguiremos creyendo que el progreso se mide en metros cúbicos de pavimento y no en algo mucho más simple, a saber, metros cuadrados de sombra? Mientras tanto, la falta de iniciativa pública resplandece con la misma claridad que el sol del mediodía.

El contraste con Bucaramanga lo ofrece Medellín, donde hace unos años se optó por devolverle espacio al verde. Según lo recogió la BBC (ver nota aquí), la implementación de corredores verdes a lo largo de avenidas y zonas urbanas logró reducir la temperatura hasta en dos grados centígrados, además de mejorar la calidad del aire y, en esa misma medida, la vida cotidiana.

No se trata de ningún milagro climático, sino de una simple decisión política sostenida y bien intencionada. Sembrar, conectar parques, permitir que la ciudad respire y, con ello, invitar a que la gente vuelva a caminarla.

No lo olvidemos: una ciudad que se camina es una ciudad que se reconoce, y una ciudad que se reconoce se quiere más y mejor. Y eso es justamente algo de lo que los bumangueses se están privando sin darse mucha cuenta de ello.

Paradójicamente, Bucaramanga es, en términos generales, una ciudad perfectamente caminable. Distancias cortas, barrios comunicados, pequeños parques que podrían funcionar como estaciones de respiro urbano.

Sin embargo, entre el imperio de las motos, el desprecio por el peatón y una extraña vocación motorizada, la gente prefiere sacar la camioneta para ir a un restaurante que queda a cinco cuadras, a un supermercado que está a tres y a una droguería que está a cuatro.

Para muchos, la ciudad solo significa un trayecto encapsulado entre semáforos, pitos y parqueaderos, no un espacio vivo y público donde niños y niñas corren y juegan tranquilamente, desarrollando sentido de pertenencia y vínculos cívicos.

Un estudio de 2022 que analizó a 500 habitantes de la ciudad de Nagoya (ver aquí) encontró que los barrios con calles más agradables, seguras y cómodas para caminar presentaban mejores indicadores de salud y calidad de vida.

La investigación mostró que la calidad del entorno peatonal influía directamente en aspectos como la salud, las relaciones sociales y el apego al lugar, lo que sugiere que las ciudades diseñadas para caminar no solo mejoran la movilidad, sino también la vida del ser humano.

Asimismo, otro estudio de 2021 (ver aquí) advirtió que el paradigma urbano centrado en el automóvil ha marginado progresivamente al peatón y, por consiguiente, ha deteriorado la experiencia cotidiana de la ciudad, haciéndolo más infeliz y menos saludable.

La investigación sostenía que caminar no solo es un medio de transporte, sino una condición fundamental para el bienestar urbano y humano, así como para la formación de vínculos comunitarios. Si se quería tener ciudades más felices, las políticas públicas debían orientarse hacia las personas, no hacia sus carros.

Ahora bien, ¿con qué ganas va a caminar la gente de Bucaramanga si no tiene la sombra suficiente? Otras ciudades nos prestan sus ejemplos, desde Singapur y Phoenix hasta Lyon y Riyadh.

En Singapur, la apuesta por convertirse en una «ciudad jardín» ha integrado corredores verdes, parques y vegetación urbana como parte esencial de su planificación, convirtiéndola en una de las urbes más asombrosas del planeta, mientras que en Phoenix se dieron cuenta de que había que desarrollar urgentemente un programa masivo de arborización y sombra, esto con el propósito de enfriar una ciudad donde el verano roza lo inhabitable.

En Lyon, por su parte, se han creado «islas frescas» mediante la siembra sistemática de árboles y la recuperación de espacios públicos, y en Riyadh el proyecto Green Riyadh pretende plantar millones de árboles para transformar positivamente una de las ciudades más áridas del mundo en un oasis «de ensueño».

Según la información disponible en la página de la Alcaldía de Bucaramanga, acá sí se han realizado algunas jornadas de siembra de árboles en distintos momentos y lugares. Sin embargo, la información que comparten es fragmentaria y vieja: notas sueltas con cifras aisladas que no se actualizan hace años.

Tristemente, no se percibe una política continua ni una estrategia clara en la ciudad, solo esfuerzos dispersos que resultan difíciles de evaluar en su impacto real. Más que un plan urbano sostenido, aquella información transmite la sensación de que el verde de nuestra bandera sigue siendo tratado como un asunto de segundo orden.

Si incluso una ciudad como Riyadh, levantada en pleno desierto, se está convirtiendo en un oasis, ¿cómo es posible que una ciudad tropical como Bucaramanga, regada por algunas de las mejores aguas del país, venidas directamente del páramo, siga resignándose a vivir bajo el imperio del cemento y el calor?


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