¿Hay algo más inaudito?
En un texto publicado en El País de España, en 1981, García Márquez señalaba cómo, en América Latina, las palabras solían quedarse cortas a la hora de narrar. La palabra «río», por ejemplo, en Europa sonaba como una miniatura cuando se quería aludir al Amazonas, con sus 5.500 kilómetros de largo y sus imperceptibles orillas.
¿Y no sucedía lo mismo con todas y cada una de las categorías con las que intentábamos domesticar una realidad que en este continente tenía muy poca vocación por la mesura? La palabra «aventura», las palabras «fortuna» y «azar», la palabra «peligro», la palabra «tormenta», la palabra «sueño» y la palabra «visión», ¿lograban realmente atrapar todo lo que esta selva, este mar y esta montaña entrañaban?
América Latina estaba plagada de lugares y situaciones que, sin necesidad de adorno y de disfraz, resultaban simplemente increíbles: «había bosques en los que no se podía hablar en voz alta porque se soltaba un aguacero», «arroyos de agua hirviendo en donde se hacían huevos duros en cinco minutos», y magos «capaces de curar vacas enfermas a miles de kilómetros solo con pronunciar unas palabras».
Ahora bien, donde según él la realidad alcanzaba su máxima exuberancia era en el Caribe, ese alucinante y vasto conjunto de territorios donde «los bandoleros amanecían convertidos en reyes, los prófugos en almirantes y las prostitutas en gobernadoras». Y, por........
